Hybris de un viejo en San Telmo

 

// Por Numa Bianchetti

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Montaje de Grete Stern 

C. rondaba los dieciocho años cuando entró a trabajar en un local de antigüedades en San Telmo.

La contrató un tal Javier, ex dueño de una casa de subastas que había perdido hacía mucho. La empresa había caído en picada por administración negligente (él prefería irse al Casino antes que lidiar con los contadores) y su propia familia terminó comprándosela por monedas.

Fue el primer trabajo de C. y tuvo la mala suerte de empezar a trabajar para un psicópata medicado que se masturbaba pensando en billetes.

Él era viejo, panzón, rosado, fumaba siempre unos Cohiba que le traían de Cuba sus amigotes, odiaba a los putos, tomaba Clonazepam como si fuera un analgésico y lo bajaba con Chivas.

Por entonces ya no estaba en su época dorada, cuando se paseaba ridículamente trajeado por sus vastos dominios en Mendoza en los que, según él, estaba una de las montañas más altas del país, pero igual su negocio facturaba unos cientos de miles de dólares al mes y se codeaba con aristócratas de buena parte del mundo.

Javier se describía a sí mismo con el discurso exacto del self-made man: escuchándolo, se deducía que había empezado a hacer plata desde el útero y que había amasado su fortuna solo. Le gustaba enrostrarle a quien pudiera que para él y sus hermanos, de chicos, era un milagro ligar un chocolate.

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Death and Masks – James Ensor

Tenía un séquito permanente de jóvenes paraguayas, que al principio empezaban trabajando para él como domésticas y casi invariablemente terminaban siendo “damas de compañía”. Una de ellas permaneció al lado suyo más tiempo, quizá por tener el discurso y la actitud “maternales” que él parecía necesitar (lo retaba cuando gastaba de más -cosa que Javier siempre hacía-, limpiaba el local y organizaba la mayoría de sus compromisos) y también, es probable, porque era muy vieja para él: andaría por los cincuenta cuando C. llegó.

Esta mujer, Reina, se casó así con su primer marido en Paraguay: el hombre fue hasta la casa del padre de ella con un machete, lo señaló y lo imprecó:

-Entrégamela o te mato.

Reina era una de las compañeras de trabajo de C.; la volvía loca con su dialéctica laberíntica y sus continuos she mamita. Tuvo otras también, todas muy jóvenes, pero ninguna duraba más que un par de meses.

Para vendedoras del local Javier solía elegir mujeres con alguna educación y que hablaran en lo posible un par de idiomas: el perfil era distinto al que usaba para seleccionar a las acompañantes.

De cualquier forma, en la cabeza de Javier, todas las mujeres eran putas feroces que buscaban pellizcarle una parte de su fortuna construida con sangre, sudor y lágrimas.

Los compradores venían de casi cualquier país del mundo y la gran mayoría era de nuevos ricos que no distinguían bien cuáles de las antigüedades eran falsificadas y cuáles originales.

En el fondo Javier era un ropavejero muy VIP: casi todos los objetos que compraba los pagaba como baratijas y los revendía como reliquias. Pocas cosas disfrutaba tanto como vender, además de dilapidar en apuestas, escorts, más antigüedades y medicación.

Javier tenía cierta astucia y un olfato de tendero que le brillaban en los ojillos de reptil; no dudaba en sacar a relucir a sus empleadas cuando detectaba a algún baboso con plata que se paseaba por el local.

Algunos de estos tipos llegaron a fastidiar mucho a C.: insistían en invitarla a salir, se violentaban con sus negativas, declaraban que sólo iban a comprar si ella les entregaba la mercancía en el hotel. Y también hacían ofertas concretas a cambio de “servicios”, insistiendo una y otra vez a pesar de su claro rechazo. Todo esto con la complicidad de Javier; sólo faltaba que el viejo reclamara su parte de comisión: las chicas eran “sus” chicas, como todo en el local.

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En la gruta del rey de la montaña – Galina Gorokhova

C. llegó a pensar que nunca iba a dejar de trabajar para el viejo.

En el local las chicas eran sometidas a presión constante. Se escondían en el altillo para almorzar y tenían que bajar a las apuradas si a Javier se le ocurría que el cliente era impostergable. Había pocas cosas peores que dejar escapar una venta y nadie quería que el dueño quedara enculado el resto del día, ni darle argumentos que pudiera sacar a relucir coercitivamente en futuros berrinches.

Javier tenía muchos hijos desperdigados por ahí. El mayor era un idiota que se paseaba por la ciudad en un auto de alta gama, se iba de vacaciones todo el tiempo al Caribe y, aunque dependía totalmente del padre, lo único que en realidad esperaba era que el viejo espichara pronto para quedarse con sus cosas. Salía con una de las ex empleadas de Javier, una chica de dieciocho años que decía que en el fondo él no era mal tipo.

Volviendo a los compradores, en general conformaban una fauna refinada que iba de país en país parando en los mejores hoteles y comprando compulsivamente. Solían entrar al local drogados o escabiados, algunas veces peleando entre sí si eran pareja y empleando la compra como método para dañarse mutuamente.

Algunos breves oasis tuvo C. en ese tiempo: una vieja aristócrata rusa delirante que se encariñó con ella le mandaba regalos (postales eróticas de animales, té y ropa, todo elegido con cariño); nórdicos muy respetuosos y cordiales; un vendedor de flores callejero, paciente externo del Borda, con imperturbable buen humor, que pateaba Defensa y Bolívar con sonrisa rutilante.

Igualmente a medida que pasó el tiempo el odio de C. a Javier fue creciendo. De alguna forma lo compadecía por estar tan atrofiado emocionalmente, pero Javier era un desastre y no dudaba en explotar para su beneficio las vulnerabilidades de la gente que lo rodeaba. Y cuando percibía una debilidad circunstancial era cuando se ponía más guaso, cargoso y violento.

Hacia el final del último año de trabajo de C. hubo un par de situaciones que apuraron las cosas.

Una vez el viejo estaba charlando socarronamente con un amigote de farra, le guiñó un ojo y le dijo a C., que andaba por ahí: “A ver, una vueltita, date una vueltita”.

Había entrado en la etapa final, y repetía amplificados, remedándolos con torpeza, con falso entusiasmo y repentina, incalculada impotencia, los vicios de su vida.

Se sulfuraba cada vez con mayor escándalo cuando se perdía una venta o no entraba nadie al local; la piel pasaba del rosa al rojo violáceo y se desquitaba con quien tuviera a mano.

Lo que más ayudó a C. a curar alguno de los daños que tuvo en ese lugar fue haber podido mandar a la mierda al viejo antes de que palmara.

Cuando renunció, Reina intentó convencerla de que era una mala decisión y de que no iba a conseguir otro trabajo; pienso que esa mujer había pasado tanto tiempo al lado de Javier que terminó por convertirse en una prótesis de su voluntad. Lo que era también el mayor miedo de C.

Una noche Javier estaba pasado de rosca de pastillas y alcohol, perdió apoyo y se golpeó la cabeza con el ángulo de una mesa ratona.

C. ya se había ido hacía un tiempo. Fue a ver a Javier al hospital y lo abrazó antes de que muriera. Todavía no entiende por qué lo hizo.

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Expulsión – Galina Gorokhova
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