“El arte es una forma de pelearle a esa maquinaria que nos atrapa a todos”

// Por Lola Castets y Marcelo Parisi

La invasión de los nazis al Zoológico de Belgrado, la historietista y cineasta Marjane Satrapi y León Trotsky son algunas de las numerosas fuentes a las que la cantautora Mariana Kesselman homenajea de manera muy particular en Minimales, su segundo disco. Psicoanalista hija de psicoanalistas, la experiencia del exilio en España en la última dictadura cívico – militar cruza su producción artística y, muy especialmente, su forma de concebir el arte. A la hora de la escena, Mariana es también Maribel, su alter ego, una psicóloga española de paseo por Buenos Aires que, en su canal de YouTube, aconseja sobre sexualidad, política y se permite también cantar unas coplas sobre nuestro actual Presidente.

sddefaultEn Secreto de mi amor, tu primer disco, había canciones con un estilo más tanguero. En cambio, en Minimales, incluiste ritmos folklóricos, jazz, algo de milonga… Hay hasta cumbia. ¿Cómo fue esta elección de estilos, de algo más monotemático a algo más variado?

– En realidad, yo soy más variada. Minimales es más auténtico, es lo que a mí me pasa con la música. Me gustan muchos estilos. El primer disco es el que no es variado, y que tiene esa dirección más española-argentina, porque tiene que ver con el exilio nuestro en España y el regreso a la Argentina. Esa doble pérdida que implica la ida y el regreso también. Ese disco fue bastante elaborativo para mí. No me propuse hacer música. Realmente empezó como una obra de teatro y comencé a hacer canciones. Me junté con Federico Mizrahi para ponerle música a las canciones, y después la obra de teatro quedó en el limbo. Se llamaba Los Desvelados, que es el tango que está en el disco, y era sobre eso: sobre cómo unir subjetivamente esas dos tierras en las que uno queda dividido. Ese disco tiene más esa música española argentinizada y la música argentina, españolizada. Fue la elaboración del regreso, en un sentido más duro para mí y para mi hermano. Volvimos, no hicimos acá la secundaria, ni la Facultad, todos nuestros amigos quedaron allá. Fue bastante un shock volver. Fue volver al país que dejé a los 10 años con una historia de mucha intensidad, con un reencuentro imposible en un sentido. Por ese motivo, ese disco fue muy elaborativo. No estaba tan bien. Nunca estuve tan bien [risas]. No tenía la intención de hacer un disco, pero terminó así. Terminó en muchas canciones. Incluso, algunas las soñé, como Mi corazón sueña y, a partir de eso, Fede y yo empezamos a ser un dúo compositivo. Y devine música, pero no era algo tan propuesto. Ya Minimales es la libertad pura, es la venganza total del primero, que era más melancólico. Acá también hay temas melancólicos, pero es un disco de libertad. Me fui para donde quise, para cualquier lado, y eso es lo que se nota. Hay géneros muy diversos, pero hay transgéneros.

En Antes hay una mezcla de géneros.

– Ese tema le gusta a los varones [risas]. Es eso, es otra propuesta y, por otro lado, es un disco de investigación. Yo hice algunos talleres para trabajar lo compositivo y, sobre todo, cada canción la aproveché como un desafío lúdico, por un lado, y de investigación, por otro. Algunos tienen atrás mucha investigación, mucha lectura, sobre todo el de Trotsky o el de Marjane Satrapi. Los aprovecho para estudiar e investigar, que es un viaje. Cada canción es un barquito que te lleva por esos lares.

Pensando en su título, Minimales, ¿qué es lo mínimo y qué es lo animal?

– Cada canción tiene por lo menos un animal. Pensé en llamarlo “Animales” pero, cuando me junté con Federico por el tema compositivo, él empezó a ver que trabajaba mucho el ritornello, la frase que se repetía, la cosa minimalista en la letra y también en la música, y dijo “No, esto es Minimales”. Me pareció que estaba bueno, que realmente hay algo de lo minimalista en la repetición, y los animalitos que aluden a nuestra animalidad y a nuestra animalada [risas]. Minimales quedó en esa fusión; lo bautizó Federico.

Entonces, el título del disco refiere tanto a la idea inicial que tenías de hacer un disco, que cada canción tenga un animal asociado, como al proceso creativo, que transforma incluso el título del disco, complementa la idea a priori y le da un nuevo color.

– Sí, es verdad, porque fue un disco que se fue haciendo. Fue un work in progress.

Las canciones cuentan historias, pero también hay algo autorreferencial en esas historias, ¿no?

– Siempre, no nos engañemos [risas]. Me empecé a dar cuenta de que estaba investigando otros exilios, y eso fue fortuito en el sentido de que no fue buscado, sino que me las fui encontrando. Aunque no totalmente fortuito, porque la película de Marjane Satrapi y el libro, maravilloso, me convoca desde la resonancia, ya desde el nombre, que es Mariana en persa, y la historia de ese exilio, que resoné mucho con la familia, que podría ser la mía, perfectamente. Clase media, militantes, progresistas. Cómo a ellos se les cayó de golpe el Ayatollah encima, la cosa más religiosa ortodoxa. Cuando la religión se cae, muy ligado a la independencia, con lo cual quedó un enclave complejo. Resoné mucho con ese exilio, me sentí re identificada. Con el de Trotsky resoné muchísimo: me pareció que era mi mamá y mi papá hablando. Me leí las memorias de Trotsky. Son fascinantes. Además lo tenía a Stalin acá [se toca la garganta]. El diálogo de Oktubre salió porque el último libro, inconcluso, de Trotsky se llama Stalin. Ese diálogo final necesitaba ponerlo en palabras y, entonces, lo puse en una canción. Me resonó también Natalia Sedova, la mujer de Trotsky, que tiene un diario. Podía ser mi vieja [risas]. La sentí tan afín dentro de la cuestión rusa, que no me es ajena, porque mis orígenes también son rusos. Sí, hay algo autorreferencial en eso de haber ido por algunos otros exilios, como el pajarito de El cielo de Darwin, que se pierde en la bandada y tiene que ver con la pérdida de la grupalidad. Por supuesto, hay otros temas autorreferenciales en otros sentidos, de amores y otros tránsitos.

Respecto de Oktubre, ¿en qué momento a un artista se le ocurre construir una canción sobre un personaje tan icónico? ¿En qué momento te diste cuenta que esto tenía que ser una canción?

– Mirá, casi la saco del disco [risas]. No sé, llega un momento en el que te cansás de los temas. Me parecía de comedia musical.

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Es decir, abrís y cerrás el disco haciendo referencia a dos hechos históricos políticos que tienen cierta relación entre así, ¿ese orden fue elegido o salió así?

– Pablo [Green] dijo “empecemos con los nazis”. Se le ocurrió empezar con Animales y el cierre fue con rock and roll. ¿Dónde lo ponés? ¿En el medio del disco, en el que no hay ningún rock and roll? Tiene que ser al final [risas]. Después cobró sentido empezar y terminar con estos dos hitos. A mí, lo que me pasa es que, cuando empiezo a leer algo -leí El hombre que amaba a los perros de Padura, extraordinario- me empiezan a hablar los personajes. Así, me aparece en muchas canciones, los personajes o algún cantante me habla o me canta. Entonces, empiezo a componer con esa voz que me aparece. No en alucinación auditiva, sino un poco producida, ¿no? [risas]. Empieza a dialogar ahí adentro, y Trotsky estaba ahí, hablando [risas]. Yo siento que este hombre, en todo ese libro que no terminó, quería decir que el resentimiento no va a ganar, aunque lo maten. Creo que ahí está esa cuestión en esa vida, con esa épica; le mataron a toda la familia. Yo sentía que ese libro tenía que ver con qué terrible sentimiento es el resentimiento. Nietzsche toma mucho el tema del resentimiento. Me parece algo terrible. Stalin era un tipo tremendamente resentido, y Trotsky decía “cómo no nos percatamos de que este hombrecito gris, que no valía nada, escaló”. Esta canción me interpela distintas cuestiones: una tiene que ver con el resentimiento. A pesar de todo, no gana; gana la alegría. Natalia Sedova cuenta en el diario que lo mandan a Siberia, y se hacen una camita, y se empiezan a reír. Todo eso a Stalin no le pasa, le pasa el odio. A pesar de que borres todo, mates todo, saques todo, la alegría, la épica gana. Ese es un gran canto que le quedó a Trotsky por cantar y, bueno, ahí está esta cuestión.

Antes mencionaste “los otros exilios”. En el disco también se toca la problemática de la inmigración, como en La vida de los atunes, que es muy alegre y el final es desolador. Trabajaste la inmigración, en distintas modalidades. No es lo mismo un exilio político, que migrar por gusto o por voluntad, y cómo hay distintas formas de la migración, basadas también en tu propia experiencia personal.

– Claro, está bien lo que decís. Hay una sección del diario El País que se llama “África no es un país”. Me parece fabuloso. Es un continente lleno de heterogeneidades, pero el mapa del reparto fue entre las grandes potencias del momento. Las emigraciones, si bien son económicas, también son políticas. Está el hambre y la hambruna, el continente saqueado, colonizado. Eso que está pasando con las pateras y con otros exilios de las guerras, que viene pasando desde hace tanto tiempo, con los africanos que mueren en el mar mientras están todos en el Mediterráneo tomando sol. Esta cosa inhumana… Ahora que lo vemos, creo que es un disco tremendo [risas]. Todo el drama africano sigue vigente.

Hablaste del exilio de Trotsky, de la familia de Marjane Satrapi, el de los africanos. De un modo, también hablás de tu propio exilio. Hay un lazo que une arte y producción política. En una entrevista que diste para La Izquierda Diario afirmaste que la creación nos conecta con la resistencia al presente, ¿cómo pensás esa unión entre arte y resistencia política?

– Pienso que el capitalismo nos expropia de la experiencia -ahora voy a [Giorgio] Agamben-. Perdón si estoy muy teórica [risas]. Uno pasa por el día esperando terminar el día. Uno se levanta, se encuentra con una manifestación y piensa “a ver cómo la pasó rápido”, y que el colectivo venga rápido. El capitalismo salvaje nos expropia del tiempo, de la experimentación, de la experiencia, del juego. Creo que Almodóvar decía “las chicas no cantan, no bailan”. El arte -ahora cito a Paul Auster- es divertirse sin ningún fin. Por supuesto, hay fines comerciales y uno quiere vivir de su trabajo, pero en principio el arte es jugar, y creo que en ese sentido es una forma de pelearle a esa maquinaria que nos atrapa a todos, a mí misma. Uno está capturado en esa cosa cotidiana, el tarifazo, pagar el alquiler, pero si nos vamos a inundar de toda esa cotidianeidad para que otros vivan en Miami, para que los pocos ricos vivan mientras los que laburamos estamos alienados, me parece que hay que ponerle resistencia a eso, ¿verdad? El arte es fabuloso para eso. Es sentarse a jugar, a investigar. Creo que hay mucho del camino de la micropolítica, como dirían Deleuze y Guattari.

Está esa cuestión de que todo minuto sea productivo y, por lo tanto, no está bien visto el juego en los adultos. Todo lo que uno hace debe servir para algo.“¿Jugar para qué?”

– Como dice María Elena Walsh, “tiempo de jugar, que es el mejor”. Yo ahora tengo un tema con mi hijo, que está todo el día jugando a la Play, y yo soy partidaria de que él venga y sea libre. Ya el colegio es un encierro, donde tiene que someterse todo el tiempo a las consignas. Como dice Deleuze, “la consigna es Hitler”. Hoy estoy citando a todos, perdón [risas]. Todo el tiempo es una consigna que hay que cumplir. Quiero que venga acá y haga su vida. Y ahora que entra a la secundaria, el papá dice “bueno, hay que leer”. Es difícil articular. Creo que él escucha mi deseo [risas], pero es un desafío articularse.

En La vaca atada, una parte de la letra dice “mi chaval no me deja chamullar”. ¿Cómo sucedió este cruce lingüístico?

– Bueno, eso es parte de la diversión, del plus de haber estado acá y allá, de estar en “el entre” [risas]. Todavía me pasa. Digo “pasame el mando del televisor”. Tengo palabras que ni me acuerdo que son españolas. Si bien yo siempre digo que tenía un bilingüismo, que separaba el español del argentino, hay palabras que te quedan, cosas que te quedan. Ahí está usado un poquito adrede para divertirme con el lenguaje, que lo siento mío. No tengo que pedir permiso para eso. Uno escucha personajes españoles en películas argentinas, que están un poco impostados. Yo acá lo siento genuino, porque siento que es mi lenguaje, no me hace ruido a mí.Uno me dijo “¿por qué no ponés ‘mi chabón’?”. Pero “chabón” no es una palabra mía… Es un poco jugar con el plus que me da el “entre” de los dos lenguajes.

Presentaste el disco en Boris Club, el 8 de junio y el 16 de julio.

– Sí, en el segundo hicimos piano, guitarra, bajo, batería y percusión. En la primera presentación, había trío de cuerdas. Un ruido, que no escuchaba nada. Yo sufrí un montón. Se escuchaba bien afuera, pero yo lo padecí. Tenía un retorno muy chiquito. El sonido es clave, porque nunca sabés cómo suena afuera. Siempre vas a probar sonido una hora antes.Si hay un problema, no lo vas a poder resolver. Yo tengo una voz chiquita, no puedo ser algo que no soy.

¿Próximas fechas?

– Estamos viendo un Vinilo para octubre/noviembre, para un fin de año.

Queremos ver más Maribel.

– La voy a llevar por ustedes.

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