Una guerra poética

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// Por Mariano Schuster – @schusmariano

A Pablo Robledo

 

Como casi todas las guerras, la de Malvinas fue absurda. Muchos hombres murieron defendiendo un pedazo de tierra lejana. Otros enloquecieron y se quitaron la vida tiempo después. Al final, el resultado fue el mismo de siempre: un país ganador, un país perdedor, y pobres muertos de ambos.

Los soldados argentinos tenían más frío que edad. Eran muy jóvenes. Algunos ni siquiera habían terminado la escuela secundaria. La mayoría de ellos no podía marcar en un mapa cual era el punto geográfico que debían defender. Sus armas eran viejas y sus camperas apenas servían. Iban a morir por culpa de otros.

Aunque los militares ingleses estaban mejor preparados y eran profesionales, debajo de sus uniformes la piel era idéntica a los de América del Sur. Puede que ellos hubieran decidido aquel oficio cruel. Pero eran igualmente hijos de familias trabajadoras, con tantas necesidades como sueños. Ellos también iban a morir por culpa de otros.

Cuando el General Galtieri anunció, con unos cuantos vasos de whisky en el estómago el desembarco argentino en las islas, el pueblo lo apoyó. Mucha gente de izquierda se opuso a la guerra. Pero cuando ésta estalló, la consideró parte de un reclamo antiimperialista. La voz de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, sin embargo, se hizo escuchar: Las Malvinas son argentinas, Los desaparecidos también –.

14287634_648624065306487_708255849_nEn Inglaterra, las cosas no fueron diferentes. Margaret Thatcher mataba de hambre a los mineros y a los huelguistas del IRA. Destruía los servicios de salud y educación. Destrozaba la maquinaria del Estado de Bienestar y decretaba el triunfo final del individualismo. Sin embargo, tras su victoria bélica, llegó un nuevo triunfo electoral. La mayoría del Partido Laborista, su principal contrincante, también había apoyado la guerra.

En Argentina se nos enseña a odiarlos. Por Malvinas. Por las invasiones. Por el dominio económico. Y, claro, porque, algunas veces, nos ganan al fútbol. Hay quienes no olvidan la expulsión a Antonio Rattín en los cuartos de final del Mundial 66. Hay quienes no olvidan que Alf Ramsey, el técnico británico, nos calificó de “animales”. Y hay quienes no olvidan – me cuento entre ellos – la mano de Dios.  La idiotez, a veces, es suprema. Y llega incluso al deporte más bonito del mundo.

Afortunadamente hay gente que no sucumbe ante el absurdo. Gente que consigue mirar más allá de lo que se presenta como real y posible. Gente que asume que no necesariamente la derrota de uno es la victoria del otro. Gente que entiende que, en esta vida, hay una sola guerra. Jeremy Corbyn está entre ellos. El hoy líder del Partido Laborista inglés fue uno de los pocos que alzó su voz para condenar el belicismo en Malvinas. Mientras Thatcher celebraba el hundimiento del crucero General Belgrano, él clamaba por los chicos de apenas dieciocho o veinte años que habían ido a combatir en una guerra que no era la de ellos.

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Pertenece a una generación de luchadores honestos y sensatos. Es uno de los que, cuando Thatcher destruía todo aquello por lo que miles de hombres y mujeres habían dado su tiempo y su vida, se colocaba en los piquetes para defender a los mineros. Denunciaba la destrucción de su país pero miraba al resto: se oponía a las dictaduras sudamericanas y se hermanaba con los luchadores del Tercer Mundo. A él lo apresaban por protestar contra el apartheid y las armas nucleares. Por levantar su voz por la causa palestina. Mientras tanto, muchos dirigentes de su partido bajaban las banderas.

Lidera el Partido Laborista gracias a sus afiliados, a sus simpatizantes, a sus bases. Los que antes se burlaban de él, ahora le temen. Montan conspiraciones en su contra, quieren derrocarlo y arrastrarlo por los suelos. Pero resiste. Aunque lo obliguen a revalidar su cargo una y otra vez. Los hijos de Tony Blair y Gordon Brown afirman que nunca llegará a ser Primer Ministro. Le exigen que dé un paso al costado o que se adapte a la realpolitik. Para quienes cambian sillones y cargos con la derecha, resulta indigerible. Es, en definitiva, el culpable de todos los males: de dividir a la izquierda, del triunfo del Brexit, de la infiltración trotskista. A Jeremy Corbyn sólo falta que lo acusen de asesinato.

Sucede que, afortunadamente, no se puede vivir demasiados años en la mentira. Sucede que los ciudadanos un día despiertan. Recuerdan a quienes se opusieron a la guerra en Irak y a quienes llevan toda una vida luchando por una causa tan justa como poética. Entonces ven a un hombre como el de la foto. Ya no importa qué les digan. Ni siquiera quienes estén en frente. Empiezan a sentirse hombres antes que habitantes de un país. Y, aunque les repitan mil veces que perderán y que deberán transigir, comprenden que ya han transigido muchas veces. Y que si no ganan ésta, ganarán la próxima. O la otra. O la otra. O quizás ninguna. Pero la derrota será digna.

Por esa gente está Jeremy Corbyn. Evoca a los antifascistas que plantaron el grito de “No Pasarán” en Cable Street. Rememora al viejo Tony Benn y a los mineros y trabajadores portuarios que, cuando todo era oscuro, plantaron cara al poder.

Observemos a ese hombre. El que se opuso a la guerra de Malvinas. Ahora está librando su guerra. Tiene a sus espaldas un movimiento dispuesto a ganar. Su combate no tiene fronteras. Es la única guerra por la que vale la pena luchar.

 

 

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