La nave de los locos

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// Por Numa Bianchetti

 

Mi primer trabajo, el único en el que tuve que lidiar con un jefe, me duró tres años. Más tarde, mucha gente que conoció el local iba a preguntarme cómo hice para aguantar tanto tiempo ahí.

Necesité un colapso físico catastrófico para renunciar, cuando lo hice me fui de viaje y al volver estuve un año escribiendo una novela de descargo sobre la experiencia, que hoy veo como un palimpsesto intrincado y denso, aunque le guarde algún cariño por haberme acercado un poco a la médula de las vivencias de esos años.

En la novela rebauticé a mi jefe Trajano y al otro empleado, que apareció más tarde, Pascual, y voy a referirme a ellos por sus nombres de fantasía.

Trajano estaba loco. “Ser loco es ser impredecible”, repetía con excitado narcisismo, para rematar alguno de esos largos soliloquios retrospectivos que repasaban obsesivamente diversos episodios de su vida.

Largas tardes lo escuché declamar al viejo; yo estaba mareado de humo, café y palabras y él hablaba sin parar; la cara se le ponía roja y las venas se le hinchaban. A veces yo compartía su entusiasmo y me ponía a imaginar con él, pero incluso cuando ponía piloto automático seguía absorbiendo su catarata catatónica de sombras y retazos de recuerdos.

El local era una librería de usados por  Balvanera y cuando llegué no sabía nada del asunto. El primer día expliqué que no tenía experiencia, pero que al menos tenía el título de un buen secundario. Me invitó a tomar café y, después de leerme una napoleónica carta abierta a los medios masivos de comunicación que había escrito insomne la noche anterior, me dijo:

-Yo también fui a ese colegio, pero me quedé libre en tercer año. En aquella época estaba todavía más lleno que ahora de oligarcas. Cuando yo andaba por los veinte, mi viejo, que era del Jockey Club, me dijo que había movido contactos para hacerme entrar. Pibe, esas cosas te hacen paranoico.

Nos caímos bien y empecé a ir todos los días, a conocer de a poco las tareas de la librería y las taras de Trajano.

Él había sido la oveja negra de una familia de nuevos ricos. Se burlaba de ellos y de su especie: de cómo emulaban a los clanes de más trayectoria, comprando el Steinway aunque nadie fuera a tocarlo, las bibliotecas aunque no se leyera y viajando a Europa con la intuición de que algo había que admirar, pero sin saber bien qué.

También se burlaba de la fascinación de su viejo por los sobretodos ingleses (“Se meaba encima con esas mierdas”, decía Trajano; me regaló varios, eran reversibles y se hacían piloto, nunca los pude usar pero guardo uno de recuerdo), de cómo se arrastraba para ascender en el Jockey, de su falta de vida y pálpitos.

Que me haya contado, una sola vez usó voluntariamente los contactos del padre.

Trajano se había escapado al litoral a trabajar de maestro rural. Lo disfrutó hasta que se empezó a rumorear que había un izquierdista infiltrado metiendo ideas extranjeras en los hijos del pueblo; era poco antes del Proceso. Lo llevaron en mula a la comisaría, donde lo interrogaron a los gritos:

-¡¿Dónde está el transmisor de onda corta, carajo?!

Trajano lo contaba riéndose; decía que en un minuto empezó a cantar todos los dobles apellidos que podía acordarse.

Era el hijo díscolo y bohemio en un nicho reacio a las anomalías.

-A los dieciocho me empezaron a internar. Entré y salí hasta pasados los veinticinco. Me daban terapia de electrochoques. Para que me dejaran tranquilo me terminé casando.

Pascual, cuando no estaba dormido o tecleando con tenacidad en su máquina de escribir, también escuchaba las anécdotas y a veces intervenía, siempre cordial y mesurado.

Pascual tenía ochenta y tantos años; había regentado con su mujer durante cuatro décadas una librería modesta y tradicionalista en Montevideo; cuando ella murió perdió la brújula y volvió a sus pagos, en Padua, Buenos Aires. Volvió quién sabe a qué, a vivir con un hermano del que tenía que esconder los pocos pesos que hacía. Se los ganaba en parte con nosotros y en parte pateando despaciosamente la ciudad, abnegado y estoico, intentando mantener la dignidad cuando lo estafaban en las librerías a las que iba a ofrecer lo poco que había rescatado del naufragio.

Así encontró la cueva oscura y polvorosa donde un viejo se alimentaba de palabras y trataba de moldear a su imagen y semejanza a un sucesor joven y errático, que aprendía demasiado lento las incontables, necesarias sutilezas del oficio (“¡Crecé rápido, Numa, crecé!”, me recordaba con ardor Trajano de vez en cuando).

A Trajano le gustó el estilo de Pascual y le inventó un trabajo. El viejo más viejo (de a ratos me sentía un viejo más) empezó a aparecer todas las mañanas en el local, farfullando chistes astutamente enternecedores contra el frío en invierno, y aun viniendo de Padua muchas veces llegaba más temprano que yo, que vivía ahí nomás. Tenía un empuje, un anclaje férreo en la vida impresionante.

Trajano había armado una hemeroteca importante. No muy variada; en realidad era una colección de Página /12, diario que compraba y leía todos los días sin excepción. En su casa tenía una habitación entera llena de Página/12. Una vez por semana yo iba a esa habitación con un carrito, cargaba una parva de diarios y los llevaba al local para alimentar a Pascual.

Pascual tenía que revisar diario por diario, hoja por hoja, título por título, para encontrar, separar y catalogar (despejamos un escritorio para él, donde emplazamos la máquina de escribir con que confeccionaba aplicadamente las fichas; cada tanto se quedaba dormido en la silla, al rato se despertaba y seguía tecleando) todo artículo, por mínimo que fuese, que hiciera referencia a Borges.

Me acuerdo que una vez lo encontré estudiando con atención una historieta de Milo Manara. La escondió con pudor y lenta rapidez entre los diarios y yo fingí no haber visto nada, aunque me causó cierta ternura.

El plan de Trajano era ordenar el material, armar un soporte y, más adelante, exigir un pago de retribución a tamaña labor a alguna institución pública, aunque nunca lo hizo. No era su primera ambición titánica y, de hecho, yo era el encargado de dar curso a una paralela, que me consumía.

Un día Trajano nos mandó a Pascual y a mí a comprar libros a Las Cañitas. Era un PH bien mono, con un patio andaluz, a unos metros de Luis María Campos. La dueña, Christianne, era una belga septuagenaria que tenía muchos libros en francés que los padres habían traído de su país (habían tenido que optar y trajeron sólo libros, dejando todo lo demás), encuadernaciones en cuero con dorados en el lomo y cosas así: la especialidad de Pascual.

Pascual era como el padre de Trajano: lamía con convicción botas oligarcas, había jugado al golf en tardes de sol rutilante y se calentaba con los perros de raza, pero siempre encontraba forma de disimular sus impulsos naturales delante del jefe y Trajano, paternal y envejecido, se las ingeniaba para ser indulgente con los que entreveía.

(Cuando mataron a Mariano Ferreyra, Pascual murmuró ante la noticia ‘Bueno, ya se hicieron otro mártir’; Trajano, que había militado en el PO hasta los treinta años –hasta que puso el local, su nueva fe- y había tenido gente refugiada en su departamento en la dictadura, entonces perdió los estribos, pero Pascual se retractó en seguida y todo terminó bien).

Esa vez, en lo de Christianne, no separamos mucho, pero nos quedamos a tomar el té. Era invierno y se estaba bien adentro; yo me senté en el sofá, sentía el olor a tilo, el sol entraba suave por el ventanal y el gato de Christianne se me subió encima, así que me quedé dormido. Escuchaba de fondo la labia gentil y galante de Pascual, y la voz aniñada y coqueta de Christianne.

Volvimos al local con los libros que habíamos comprado. A partir de entonces empezaron los llamados y recados; la voz de Pascual, ronca y cascada, se suavizaba con presteza increíble cuando Christianne estaba del otro lado del tubo:

Christianne, ma jolie… ma belle… ¿comment allez-vous?

Pascual salpicaba caspa, se teñía con betún, olía a naftalina y le quedaban uno o dos dientes, pero tocaba con emoción el concierto de Aranjuez si le prestaban una guitarra y parecía tener más fe que yo en la vida y sus vaivenes.

En la librería yo tenía muchas tareas. Entraba poca gente nueva y la mayoría salía espantada por los precios delirantes de los excelentes libros dispuestos con primor en la vidriera a modo de cruel carnada; más que nada venían amigos de Trajano a tomar café y acordarse de cosas viejas.

Pero igualmente yo siempre tenía cosas que hacer, siempre.

Hacía café, una y otra vez; catalogaba en la computadora aquel acervo de libros fastidiosamente inagotable; recortaba con paciencia los folletos de la librería que ofrecían un sistema de biblioteca que casi nadie nunca usó, salvo un par de locos, y que entregábamos con cada libro que se vendía; pasaba por las alfombras una aspiradora que en vez de aspirar armaba un bochinche terrible; desinfectaba con K-Othrina los sábados e incluso transcribí bajo las directivas imperiosas de Trajano, letra por letra, el proyecto de regulación de monopolios de J. W. Cooke (teníamos el original; los gráficos los hice en Paint y no conocíamos o no queríamos conocer el concepto de digitalización, aunque teníamos los medios para digitalizar).

De cualquier forma, el trabajo más arduo que tuve en la librería, que también fue el título de la novela, fue El archivo.

Trajano había querido ser pintor. Fue pintor, pintó. Compartió galería con Kosice y le dio consejos.

Tenía un estilo ecléctico. Lautréamont decía que el plagio está implícito en el progreso. Trajano plagiaba a Magritte (“Es una magritteada”, me decía, de un cuadro que había pintado hacía treinta años), a Rembrandt, a Goya, a Daumier.

Una vez me preguntó qué pensaba yo de su versión de La costurera, de Vermeer. Miré el cuadro un rato. Al principio no supe qué decir. Y al final no me quedó otra que ser espontáneo. Le dije que su Costurera parecía distraída, como si estuviera pensando en otra cosa que la costura. Me miró raro, desconfiando como buen paranoico y no dijo nada; ahora me parece que mi comentario fue un halago.

A lo largo de su vida de librero Trajano había ido recortando y guardando reproducciones -en color, en blanco y negro, completas y detalles- de todas las pinturas con las que se había cruzado. No sólo las famosas, no sólo las consideradas buenas.

Él describía su proyecto como un acopio con criterio meramente antropológico. El archivo tenía que ser total y fundamentalmente carente de criterio; el único orden aceptable  era alfabético. Si había un Leonardo Da Vince en algún lugar, que tenía cuatro años y su obra era para el jardín de infantes, tendría que figurar antes que Da Vinci en el catálogo. Algo parecido al Museo Rocsen que hay en Nono, Córdoba.

Al principio me divertí recortando y guardando en folios imágenes de cualquier tipo. Aprendía. Después me pareció cosa de locos. Y lo seguí haciendo.

Muchas veces me contó Trajano cómo había fundado su librería.

Tenía alrededor de treinta años, un par de hijos y no duraba en ningún trabajo. Una noche, después de una pelea fuerte con la esposa, salió a caminar y encontró unas bolsas de consorcio. Las abrió: estaban llenas de libros. Notó algo que parecía un diploma, lo desplegó y leyó:

Ordre National de la Légion d’Honneur…

Como un escarabajo pelotero, arrastró todo a su casa.

Poco después abrió el local y lo empezó a construir y llenar. Fue su refugio, su fe, su vida nueva, el motor de un metodismo que hasta entonces no había tenido. Y la defendió con uñas y dientes. Cuando juraba, juraba sobre la librería.

A medida que pasó el tiempo fui perdiendo interés en el trabajo. Muchas veces le pedí a Trajano que me diera un poco de aire, pero no era posible. Mis tareas me parecían inútiles, la librería una nave de los locos dirigida por un desquiciado hacia quién sabía dónde.

Pascual lo transitaba mejor. Su romance con Christianne no terminó bien y entonces se aferró empedernidamente a su trabajo y a la voluntad proteica de Trajano.

Yo veía desfilar una sarta de personajes todos los días, con los que al principio me había maravillado, pero que de a poco me iban sacando energía: viejas actrices venidas a menos; un interno del Borda que siempre que venía nos regalaba folletos que le daban en sus largas caminatas (caminaba y fumaba, caminaba y fumaba, y recogía folletos: yoga, casas de comida, clases de baile); un pintor poco conocido, nieto de Quirós, que luchaba por salir de la sombra asfixiante de su abuelo; un historiador obeso fundamentalista de Stalin y Nerón; el portero de al lado, un portugués seco y huraño (había algo mal en ese tipo… Teníamos un chiste sobre él: “No termina de ser”); y más actrices locas.

Muchas veces le pregunté a Trajano por qué no dejaba todo y se iba a su casa en Córdoba a pintar y descansar. La librería y el archivo lo habían consumido, ya no podía cambiar de vida.

Uno de los últimos meses vino a filmar a la librería un equipo de estudiantes jóvenes de cine. Habían convencido a Agustín Alezzo para que filmara una escena leyendo un texto; les gustó la librería como locación y sobre todo un espejo oval que había colgado de una de las estanterías y una lámpara con tulipa de resina para el decorado. El acuerdo fue de palabra, Trajano no iba a cobrarles nada; estaba encantado con la idea de conocer a Alezzo.

Al principio todo fue bien. Alezzo y Trajano charlaron animadamente de Maeterlinck; Trajano estaba contento y choluleaba. Pero cuando lo desplazaron para filmar no lo soportó. Empezó a bufar y a sulfurarse. Salía a la calle y prendía un pucho con la colilla del anterior.

Me acerqué para preguntarle qué le pasaba.

-Son estos pendejos –me explicó.- Le están exprimiendo hasta la última gota de sangre a Agustín. Miralo cómo tiembla, cinco cigarros al hilo se fumó ya. Están jugando a los cineastas, son unos chetos de cuarta.

Por ahí era cierto, pero yo no entendí por qué le dolía tanto. Quizás en el fondo fuera la librería, quizá sintiera algo parecido a una profanación de lo más sagrado para él.

Antes de que terminara la filmación armó un escándalo violento y los echó a todos del lugar.

-Siempre despoticé o me fui por las ramas –resumía Trajano de vez en cuando, analizándose a sí mismo.

A partir de ese episodio las cosas se agravaron. Trajano se volvió cada vez más paranoico. Empezó a creer que alguien quería robarle su archivo de imágenes y a elaborar un plan para resguardarlo.

Me citaba en su casa, las persianas siempre bajas, o llamaba a cualquier hora; hacía conjeturas extrañas acerca de simples clientes, de los cuales sospechaba complicidad con la usurpación en marcha. Supongo que habrá llegado a sospechar también de mí y de Pascual.

Y Pascual no ayudaba. Empezó a tomarme bronca; posiblemente porque yo era mucho más joven y tenía tareas más importantes y mayor incidencia en  el curso de la librería.

Al principio nos habíamos llevado bien. Pero más adelante armó cizaña y empezó a decirle a Trajano que no era imposible que yo no fuera del todo de confianza y a cuestionar si de verdad estaba comprometido con la causa del Archivo.

No creo que Trajano compartiera realmente su parecer. De otra forma no me hubiera propuesto participar del gran golpe: el temor fue mayor y pudo relegar lo más importante para él, la librería.

Iba a comprar un gran camión, un camión gigante, iba a cargar el archivo en él y se iba a ir por el interior, a cualquier lugar lejos de las acechanzas de los enemigos del archivo. No a un lugar fijo; el plan era ir cambiando de lugar cada cierto tiempo para despistar.

En este delirio persecutorio me pareció notar resabios de los efectos del Proceso; tuve un profesor en el secundario que había sufrido la dictadura y tenía una obsesión con los nombres de los alumnos: necesitaba recordarlos todos, siempre, que ningún nombre desapareciera. Los enunciaba en voz bien alta y clara y buscaba las caras correspondientes, como temiendo que no estuvieran o que hubieran sido reemplazadas por otras.

Pascual aceptó participar. Yo no. Me enfermé y renuncié.

Traté de que las cosas quedaran más o menos bien, pero no hubo forma.

Sobre el tema, una psicoanalista amiga me comentó una vez:

-Y no, un narciso no te va a perdonar nunca que abandones el barco. Es todo o nada.

Quizás anden todavía por ahí, yirando en el arca, en el camión que no llegué a conocer, repleto de carpetas negras de cartón rotuladas y folios con imágenes ordenadas sin criterio, solamente por alfabético de autor.

Quizás ande todavía la nave de los locos por los caminos.

 

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