Cuando me mira el León

 

// Por Lucas Malaspina – @thebadthorn

Seguramente es una locura, pero a mí me miran. Aunque no leí a todos como debería, quizás por eso los tengo ahí, y no me preocupa acumularlos hasta que empiezan a derramarse por los costados. Sí, ya sé. No tiene sentido. Pero aunque no tengan foto en el lomo ni en la tapa, sus ojos se abren paso a través de las letras de los títulos, y yo les juro, me miran. Algunos, que están pegados en la pared, otros, en stickers en la puerta, también me miran, y yo creo -seguramente yo esté más loco que la mierda-, que a veces, me dicen cosas. Según el momento, el tema, la circunstancia, dicen cosas. Objetivamente, es imposible que decenas de viejos revolucionarios muertos hace décadas cobren vida. Y menos que menos, en un caótico departamento a pocas cuadras de la cancha del Bicho. Sea como sea, entre muchos otros, él también me mira.

6a40d940-59f1-452e-bbc3-76f45a715897Por supuesto, es difícil entenderlos: ellos suelen hablar en su lengua materna, así que tenemos que buscar alguna forma de entendernos que no sea ni ruso, ni alemán, ni español. Aún así, me aconsejan, me ayudan a pensar, la mayoría me critican -por razones diversas-, algunos se quejan de mi pesimismo, y otros se alegran cuando me vuelve la esperanza, siempre con el vaivén de los sucesos cotidianos. Pero como discuten entre ellos, también, se cagan a puteadas, a veces me aturden y me voy, porque ya no les entiendo nada, o porque ya me cansé de pensar.

Me mira Mariano Ferreyra, desde un banner adhesivo bastante escueto que pide justicia y también desde un poster que pide la perpetua para Pedraza y señala la responsabilidad de la ex presidenta en su asesinato; allá del otro lado parece que sigue con el mismo ímpetu de siempre, no se desanima porque el jefe de la UF haya vuelto a su casa ni por la excarcelación reciente de uno de los patoteros, y dice que no hay que aflojar. Me mira Rosa Luxemburgo, desde un poster de una especie de ONG de los pos-eurocomunistas (¡y cuántas veces pienso que ella se hubiera escandalizado de que la vinculen con los amigos de Tsipras!). No podría enumerarlos timthumba todos, pero cuando veo la tele y me desespero, a veces corro buscando sus miradas a través de los estantes, revisando las páginas interiores, buscando respuestas que no me siempre tienen, me doy cuenta que estoy más chapa que Joyce buscando a su hijo Will entre las lucecitas de su casa.

Sin embargo, entre la multitud de socialdemócratas decimonónicos de Europa Central, comunistas de izquierda soviéticos, guerrilleros asiáticos latinoamericanos, trotskistas de todos los países, destaca una mirada penetrante, casi invasiva. Una mirada que no habla de la verdad, sino que la ejerce. Es Trotsky. Cuando él habla, los demás se callan. Su voz metálica, estridente, que conocí por videos de youtube, repiquetea en mis oídos. Viene empujando desde lejos, desde el destierro en Alma-Ata, Kazajstán, en las áridas estepas del Asia Central. Trae consigo los anhelos de cientos de miles, de millones de almas esclavas que desearon emanciparse. Trotsky es la pluma que corta como un cuchillo el cinismo en este aire posmoderno que me rodea. Aún aplastadas con las botas de milicos y burócratas, con las mentiras de la prensa y los funcionarios de turno, con las cuentas bancarias y las horas extras de las cabezas de los grandes monopolios, Trotsky recoge esas voces derrotadas y les promete vencer. Y aunque no fuera posible vencer, vencer siempre tiene que estar en el horizonte, porque sino nos morimos en vida.

Trotsky me mira y recuerdo cuando era un pendejo mocoso, más mocoso que ahora, y empecé a leerlo, influido por el ecosistema de los piqueteros duros y las asambleas barriales. Recuerdo las discusiones que tuvo con algunos de sus camaradas, que pensaban que fundar la IV Internacional con un puñado de militantes no era más que una causa perdida desde el principio. Dicen algunos académicos que el trotskismo sólo arraigó en disímiles naciones como Sri Lanka o Bolivia. Movilizacion-comienzan-Oruro-intencion-Paz_LRZIMA20150829_0021_11Y que no triunfó, eso está claro. Pero, ¿quién ha dejado algo mejor? Trotsky tiene vigencia porque sigue enamorando a jóvenes explotados en todo el mundo. La rebelión, como en el 68 francés o en el 2001 argentino, siempre lo acerca de nuevo a sus verdaderos dueños. Es el único que ha trascendido incuestionablemente las fronteras que quería imponerle su contrincante a sus ideas. Él no se ha derrumbado ante Helmut Köhl, ni sus hijos o nietos se han reconvertido en mafiosos o tratantes de blancas, ni en privatizadores o saqueadores de empresas públicas. Trotsky no se mancha. Esa es sin duda, una de sus victorias incuestionables, más inapelable, quizás, que cualquier otra.

Cuando Trotsky me mira, me doy cuenta, que aunque a muchos les duela, aunque lo quieran transformar en un mero demócrata-liberal restauracionista o reducir al rol de un vulgar gángster de vocación asesina, con Trotsky no se puede. Ni siquiera, cutrotsky-deadando se lo intenta encapsular en credos de kiosko, se deja atrapar. ¿Quién puede atrapar a Trotsky, si cuando le horadaron la cabeza, aún tuvo fuerzas para enfrentar a ese gallego cobarde? Atacada mortalmente el 20 de agosto de 1940, Trotsky fue el tipo que le arrancó a la Parca un día más. Trotsky, por el contrario, se vale de quienes sólo lo quieren usar para legitimarse ante su tropa, que no lo quieren para pensar la acción sino para talmudizar sus mezquinos modus operandi, y los usa como un puente, para llegar más lejos donde su cuerpo desintegrado ya no le permite llegar. Así, aún quienes lo quieren empaquetar, también hacen, de ese modo, la mejor contribución: lo reproducen, lo esparcen, lo difuminan. Y Trotsky aprovecha, se atrinchera, dispara, y sale a dar batalla en cada nueva avanzada.

Cuando muchos hablaban del fin de la clase obrera y lo querían sepultar, no entendían nada. Es que Liev Davídovich es ese poder profano de los obreros tercerizados que se pintan la cara y patean el tablero del orden, de los pendejos reventados del call-center que no se dejan asfixiar por gente wanna-be-gerente, del ejército de reserva que copa la calle para enfrentar el terrorismo del hambre, de los pibes picaneados por la yuta que se niegan a ser carne de cañón. Trotsky no necesitaba visado, era amigo de toda esa gente, aunque ni la conocía. Aún después de muerto, entonces, Trotsky aprendió todos los idiomas que le faltaban aprender. Por eso, cuando el León logra penetrar por esa hendija de la historia que se abre cuando un pueblo se levanta, los mira, les habla a todos, a cada uno, aparece en sus cuartos, y cuando se están por ir a dormir, o cuando se levantan para ir a laburar, les dice: “loco, quien se arrodilla ante el hecho consumado, es incapaz de enfrentar el porvenir”.

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