Tatuaje o muelte: una historia Yakuza

 

/// Por Santiago Menconi

 

Yo era chico cuando la mafia china secuestró a Jorge, sin embargo, lo recuerdo como si hubiese sido ayer. A él lo conocía bien, solía venir a mi casa porque era amigo de mis hermanos y jugaban juntos a la pelota. Me acuerdo que era un pibe bueno, pero impredecible y bastante desmedido en sus pasiones, de esto último se desprenden sus apodos: Locu, Locura y, en combinación con su nombre, Jorjura. Varios años después, escuché contar la misma historia en distintas versiones. Más allá de las diferencias, todas coinciden en lo mismo: que el rapto existió, que hubo orientales en el medio y que Jorge nunca volvió a ser el mismo. Muchas cosas se dijeron, algunas son ciertas y otras no tanto. Lo que puedo afirmar es que sucedió; yo pude ver las marcas, de eso no me olvido.

vieja-estacion2Victoria era un barrio ferroviario, de viejos y de casas bajas. Pero esto fue hace mucho, estoy hablando de varios años atrás, bastante antes que el mercado inmobiliario levantara edificios y llenara las calles de vecinos conchetos. Los habitantes eran los hijos de los inmigrantes españoles e italianos que habían venido a poblar la zona. Algunos abuelos quedaban, no todos, aunque casi no salían de sus casas. En aquel tiempo pasado, las tardes eran de siesta, los defectos eran apodos y los borrachines del bar una postal cotidiana. Era, como lo aprecio a la distancia, una barriada tranquila, sin sobresaltos y llena de chusmas: todos sabían -y hablaban de- la vida de todos.

Cuando pasó lo de Jorge también hablaron. La noticia, como un manchón de aceite, se esparció rápido: “¿Te enteraste? Al loquito de ahí a la vuelta lo secuestró la mafia china. Dicen que andaba molestando a la japonesita de Ryu, la hija del tintorero”. Algunos coincidieron en que se la habría buscado, decían que los chinos no se andaban con vueltas y que lo sucedido era esperable. Otros, en cambio, minimizaron los hechos o directamente descreyeron de su relato. Pese a que ningún medio se hizo eco de la noticia, todos tenían o creían tener la versión oficial. Lo cierto, es que sus amigos se lo habían advertido: “Jorgito, no te metas con la chinita, mirá que los Yakuza son gente jodida”.

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El Locu restaba importancia de las advertencias, por el contrario, las tomaba en broma. Era verdad que le calentaba la hija del tintorero y que desviaba sus pasos hacia la puerta del negocio, mirándola con ojos enfermizos, con cara de perverso. Pero de ahí a que le cayeran encima había un abismo. Además, era muy difícil tomarse en serio a semejantes amistades: todos tenían el hábito del chiste pesado y no se andaban con chiquitas a la hora de joder. Entre risas y amenazas pasaron las tardes. A veces en la cancha de Tigre, entrando gratis en el segundo tiempo, y como siempre en la esquina, tomando cerveza y hablando pavadas. Los días siguientes fueron fueron tranquilos, hasta que el chiste se volvió pesadilla.

Una noche, como tantas otras, a Jorge lo invadió el insomnio. Daba vueltas en su cama y no lograba dormirse. Se calzó las ojotas y salió a la calle. Prendió un puchito sobre el farol de la esquina y se sentó a esperar el sueño. Mientras pitaba, miraba el reflejo de las luces sobre los empedrados, todo normal: un perro ladrando a la distancia, los murciélagos surcando el cielo y el silencio habitual invadiendo las calles desiertas. La quietud misma. De repente dobló un auto, le pareció raro no haberlo sentido venir; era un Dodge polarizado, igualito al de su amigo Ferro, igualito al de tantas personas. Pasó despacio y siguió. Jorge terminó su pucho, se levantó y enfiló nuevamente hacia su casa. Un chirrido de gomas, una larga aceleración marcha atrás, un golpe y la ceguera.

Mi hermano, que era un buen amigo de Jorge, me contó los pormenores del secuestro. Dijo que no había identificado a los agresores porque le habían vendado los ojos, pero creía que eran varios porque le pegaban de todos lados. Le contó que hablaban en un idioma extraño, como en japonés, chino mandarín o algo por el estilo. Dijo que lo llevaron a una casa y que comenzaron a amenazarlo, que tiene algunos baches, pero que se acordaba bien de las voces que le decían: “Goldito, vas a pagal pol metelte con chinita. Vas a plobal la katana. Tenes que elegil, tatuaje o muelte”. Jorge, que era loco pero no boludo, eligió el mal menor: “Y bueno, que sea tatuaje”. Le abrieron la remera y comenzó a sentir un puntilloso dolor sobre su abdomen, las voces se habían callado. Tras terminar la obra de arte, lo subieron de nuevo al auto y lo maniataron por ahí.

La que lo descubrió fue una vecina que se paseaba por la zona. Eran las siete de la mañana de un domingo cualquiera cuando lo vio. La imagen debió ser pintoresca: un adolescente gordito, en paños menores, atado de pies y manos contra una de las palmeras de la plaza. Se acercó con miedo. Jorge temblaba, cuando intentó desatarlo comenzó a

estremecerse. Frente a esto, la señora pidió ayuda. Fue la policía, junto a una decena de curiosos, quienes lo liberaron. Sobre su panza, debajo de una capa de sangre, se veía un chinito dibujado, con sombrero en punta y las manitos en posición de karate. En la comisaría le convidaron mate cocido y le prestaron una manta. Pero no quisieron tomarle la denuncia. Decían que habría sido una broma de jóvenes o algo así. Sin embargo, Jorge se emperraba en que le crean, no se cansaba de repetir su relato: “que me secuestraron los chinos, mierda”. Pese a los ruegos, los policías se descostillaban de la risa: “Repetime, ¿Cómo fue que te dijeron, tatuaje o muelte?” Y se seguían riendo.

Luego del rapto, Jorge se mantuvo encerrado en su casa. Tenía miedo de salir, vivía asustado entre las cuatro paredes de su cuarto, pendiente del menor sonido externo. Al tiempo de su reclusión, cuando logró tomar un poco de coraje, mandó llamar a sus amigos, tenía una idea.

Después de contarles los sucesos, les dijo: “Miren muchachos, ustedes tenían razón: el tema de la chinita se me fue de mambo, los Yakuza son gente jodida, pero no puedo seguir viviendo así. Si la yuta no toma cartas en el asunto, quiero que salgamos a vengar mi honor”. La barra estuvo de acuerdo. Los pibes se miraban, alguno sonreía, pero todos mantenían la más absoluta seriedad. Ferro fue a buscar su Dodge y lo estacionó sobre el cordón -igualito al que había pasado aquella noche, igualito al de tantas personas-. Se subieron y salieron a pasear.

descargaEn el camino, como era de esperar, no se cruzaron con ningún chino. Salvo uruguayos, en Victoria no había más orientales que los de la tintorería. Jorge viajaba en medio del asiento trasero, de la misma forma en que viajó con sus secuestradores. Cansados de dar vueltas, decidieron regresar. Luego de un alto a comprar cervezas, la muchachada se relajó y comenzó a hacer chistes: “Che, Locu, ¿Como fue que te lijelon los ninjas, tatuaje o muelte? El auto enteró se mofaba de Jorge y este comenzaba a sospechar. Habrá sido por los indicios o por lo poco en serio que se lo tomaban sus amigos, que los mandó a la mierda y se bajó del auto. Eso fue todo.

A los pocos días mi hermano se lo cruzó en la calle, estaba más gordo que de costumbre y había adoptado el hábito de mirar de reojo. Notándolo un tanto extraño, y en un rapto de piedad, mi hermano le preguntó: ¿Jorge, estás seguro que fue la mafia china y no estos hijos de puta? “Mirá Gastoncito, yo tengo la misma duda que vos, pero qué querés que le haga: si me agarran los otros me dan a elegir y, a lo sumo, me tatúan; ésta manga de enfermos son capaces de cualquier cosa”.

 

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