Florida fantasy en vísperas de Navidad

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// Por Numa Bianchetti

 

 

Un domingo a la tarde llama a casa un tal Gastón.

Es tartamudo; entre balbuceos me explica que dio con uno de mis anuncios de compra de libros. Vive en lo que fue la casa de sus tíos, en Florida, zona norte del Gran Buenos Aires; tiene montones de libros que fueron de ellos y quiere vendérmelos. Me deja entrever cierto recelo y urgencia nerviosa por conseguir plata.

Coordinamos visita para el día siguiente. A la noche duermo poco y mal; es diciembre y la cama es un charco en el que me retuerzo de incertidumbre como una lombriz: las bibliotecas grandes me inquietan y me resulta difícil no pasarme horas fabulando con lo que voy a encontrar al llegar.

Zona norte fue en su momento una región de recepción amplia de inmigrantes. Hay muchas casas grandes con bibliotecas bien nutridas de libros en inglés, alemán y francés. El lugar no es igualmente Gaiman ni Villa General Belgrano, donde los recién llegados secretaron con tenacidad una atmósfera homóloga a la perdida del otro lado del mar; para dar con el rastro hay que cruzar puertas, distinguir acentos, escuchar historias.

Me tomo el 15 en Scalabrini Ortiz o Canning aferrado a una botella de agua de dos litros; el sol reblandece el asfalto y las cabezas.

Al bajar me explota la vejiga; la mente me da vueltas por la excitación y las cigarras, que chillan de locura. Descubro en una esquina una estatua erótica y admiro la sutileza del escultor: dos bomberos sostienen en una postura muy sugerente una larga manguera que une sus cuerpos.

Toco el timbre en la dirección que Gastón me pasó. La casa no tiene buena pinta; todas las persianas están bajas, en la fachada se multiplican las grietas y el jardín de entrada es un macizo de tierra dura y pelada, cubierta de escombros y cachivaches heterogéneos. Veo una bicicleta para chicos rota, una palangana deslucida, una moto tapada a medias con lona verde.

Nadie atiende. Pasan los minutos; especulo esperanzado haber anotado mal la dirección. A sólo diez metros hay una mansión bien mona; me imagino entrando entre muebles rutilantes, dirigido con presteza a la biblioteca de mi vida.

Después de quince largos minutos se abre la puerta y se asoma con reticencia un tipo menudo, bajito y miope, con algo de estrabismo. Como el Boigen, me pregunta más o menos si puedo afirmar que soy yo mismo.

-Vengo a ver unos libros –digo alzando la voz estúpidamente, por sobre la reja.

Asiente y se acerca a abrir. Una cadenita de Cristo crucificado se le pierde en el pecho lampiño, tiene pantalones que no llegan a cubrirle las rodillas y anda descalzo. Como siempre en estos casos, rezo por cruzar el umbral para comprobar que en la casa efectivamente hay libros.

Subimos una escalera repleta de bártulos sucios. Se abre la puerta.

Hay bibliotecas por todas partes, hasta en el zaguán de entrada. La casa es un desastre: hay aberturas en el techo que dejan ver la loza, la bañadera está llena de escombros, la luz es sólo eléctrica, el inodoro no funciona, las cucarachas se ocupan de sus asuntos sin inhibición y hay olor a grasa y trapos sucios.

Y están los libros: giro la cabeza, veo las obras completas de Dostoievski en ruso y me digo que esta es la mía. No parecerá una mansión espléndida, pero para mí ya lo es.

Me siento en la silla que Gastón me ofrece; el sudor nos corre con vehemencia por la frente.

-Bueno –dice Gastón; revolea los ojos, estimo que no sabe cómo empezar y tengo la ligera impresión de que siente que está haciendo algo que está mal, que evitaría si pudiera: un conflicto de intereses le reverbera adentro.

Pregunto de quién eran los libros.

-Eran de mi tante –explica entrecortadamente.- Muchos, los que están en inglés y en alemán, porque fue profesora de inglés y era alemana. El tío estuvo diez años en cama enfermo, y la tante lo cuidó hasta el final. Y ella se nos fue cuando él se nos fue.

Desecho un par de banalidades idiotas que se me pasan por la cabeza. Pregunto por los libros en ruso.

-Esos eran del tío –dice Gastón, frotándose los muslos con palmas inquietas.- Él era ruso. Se fue a China, después conoció a la tante acá y se casaron. El tío era profesor de ruso.

De a momentos tengo la sensación de estar hablando con un niño. Gastón parece tener poca capacidad para concentrarse, mira el techo con insistencia, se hamaca en la silla y rehúye mi mirada. Tiene siempre un pucho colgando de los dedos, hay cajas vacías de Viceroy por todas partes.

Pido permiso para revisar los estantes, Gastón está de acuerdo. Mientras revuelvo, converso con Gastón y lamento que la humedad haya dañado tantos libros (pregunto si hay goteras: el techo es un colador los días de lluvia).

Todavía guarda mucho afecto por sus tíos; de a ratos parece incluso dialogar con ellos. Parece creer que no están de acuerdo con lo que hace.

Deduzco que Vladimir Poppoff, el tío, fue director de Eslavas en Letras; entre los libros encuentro una edición preparada y anotada por él de El cantar de las huestes de Igor. También hay pilas y pilas, envueltas todavía en el papel original de distribución, de publicaciones de la imprenta de la facultad. Hay muchas copias de cada ejemplar; es la colección en la que también colaboró Ilse Brugger: ediciones bilingües de literatura mística alemana, Angelus Silesius, Meister Eckhart, Böehme y Taulerus, también trovadoresca y poesía medieval.

Todo esto me interesa.

Mientras reviso, Gastón me habla también de sí mismo. No tiene interés personal en usar los libros, le cuesta mucho leer y no sabe otros idiomas, aunque la tante haya intentado meterle durante mucho tiempo nociones de inglés en el tronco que tiene por cabeza, confiesa.

Hace años fue motoquero; tuvo un accidente que le sacó el trabajo y el permiso para manejar. Se despertó en el hospital, convertido en otra persona. Gente que no conoce le da una pensión mensual, con la que hace malabares para conseguir la medicación que toma y las cuatro cajas de puchos que se fuma al día;  la comida queda en último lugar en prioridades. En sus ratos libres le gusta chatear con chicas en una computadora vieja y gigante que me muestra con cariño; dice que no le va mal y que espera en algún momento pegar onda con una brasilera e irse a vivir a la playa con ella.

También tiene un hermano mayor que parece ser una fuente de preocupación para él y que es el dueño de la moto; hoy no voy a conocerlo porque no está.

Mientras hurgo entre libros, Gastón me susurra reiteradamente, una y otra vez, que si encuentro “documentos” los separe y se los de a él. Después de intentarlo un par de veces renuncio a la posibilidad de descifrar qué son los documentos de los cuales me habla (a cada pregunta mía, responde sencillamente “documentos”, arquea las cejas y entorna los ojos, como para darme a entender la importancia y la necesaria reserva del asunto), pero le digo que sí, que si encuentro alguno voy a guardárselo.

Gastón me dice que en una de las habitaciones hay un ropero repleto de libros. Lo abro y reviso ahí también. Mientras corro las pilas amontonadas, encuentro para mi sorpresa un bichito frenético que sólo vi en manuales de conservación de libros: es el pececillo de plata, una tirita fugaz de mercurio con fototaxia negativa. Seguramente me estará maldiciendo por haberlo sacado de una oscuridad tan confortable. Intento atraparlo pero es muy rápido y lo pierdo pronto de vista.

Cuando termino de revisar tengo las manos negras, estoy mareado y empapado y el propósito por el que vine a esta casa se me escapa en una nublazón confusa.

Gastón estuvo toda la tarde manipulando temblorosamente cigarrillos y cajas de medicación de distintos colores. Le comento que lamentablemente no encontré ningún documento; me observa afligido, con evidente decepción.

Nos sentamos de nuevo. Le digo que me interesa la mitad de la biblioteca, que llevaría más, pero hay muchos libros abichados o con hongos que no me sirven.

Gastón asiente puntualmente a lo que digo, pero tengo dudas acerca de que me comprenda del todo. Conjeturo que voy muy rápido y decido dejar los números para después. Esto parece aliviarlo y me despide con alegría transparente en el umbral de su casa tan triste.

Cuando vuelvo ya es de noche; compro cerveza en el bolichón de la esquina, me baño y me siento en el balcón; después de un rato, la biblioteca empieza a expandirse en mi cabeza: Dostoievski, Chéjov, Lowry, Poppoff, la Biblia comentada en diez tomos de la B.A.C., Gastón, la férrea tante, Nabokov: todo se mezcla, los libros malos o dañados se esfuman, quiero comprar todo, me vienen oleadas de compasión y angustia.

El martes a la tarde llamo a Gastón. Le comunico formalmente mi oferta, me dice que va a transmitírsela al hermano, que quizá va a llamar a otro tendero para tener una segunda opinión y que después me avisa.

Pasan días ásperos. Pienso que mi oferta fue justa, pero la respuesta se dilata y reprimo continuamente impulsos que me llevarían al teléfono y quizás a arruinar las cosas. Trato de despejarme, pero la experiencia me lleva por delante y sospecho que va a pasar un tiempo hasta que cada cosa descienda a su lugar.

Una tarde vuelvo a casa después de salir a caminar. El teléfono suena pero no llego a atender. Maldigo mi mala suerte. Pasan las horas y ya no me puedo aguantar. Llamo a Gastón. Se ríe, dice que intentó comunicarse conmigo muchas veces y se alegra de que lo haya llamado.

Aceptan mi oferta: llamaron a otro librero y ofreció mucho menos.

Estoy eufórico; quisiera ir ya mismo pero son las diez de la noche.

Se hace de día. En verano todo toma siempre la forma de un delirio. A las nueve de la mañana estoy en la puerta de la casa. Mientras Gastón me abre noto que algo le preocupa, está inquieto, murmura para sí mismo sin cesar y se frota las manos una y otra vez.

Empiezo a separar lo que voy a llevarme. Después de un par de horas escucho la puerta de entrada. Es el hermano de Gastón. Es mucho más alto que él, huele  mucho a colonia, tiene una campera de cuero con hombreras de caspa (supongo que no debe sacársela nunca, me pregunto cómo sobrevive embutido ahí dentro, con el calor que hace), pelo negro teñido muy fuerte con varios centímetros de raíces blancas y botas de vaquero. Sirve Coca Cola para los tres y repite varias veces, como si hablara a un chico, dirigiéndose a Gastón:

“No te sulfurés, petiso”, comentario que no hace otra cosa que sulfurar solapadamente a Gastón.

Nos deja la botella. Cinco minutos y desaparece, se va a su habitación en el altillo y se pone a escuchar Cacho Castaña.

La tensión de Gastón se agrava. Pasa un rato; me hace señas de que quiere decirme algo y vamos a la cocina. Con una expresión que oscila entre la bronca, la mesura forzada y el tormento, me interroga:

-Decime, ¿a vos te parece bien esto? Que yo me encargue de todo, acá abajo, mientras él arriba no hace nada.

Ya algo había sospechado del conflicto y no me toma del todo por sorpresa. Opino con prudencia algo acerca de la necesidad indiscutible de distribuir equitativamente las tareas, en cualquier ámbito. De cualquier forma Gastón no me escucha, se pierde en su parecer. Vuelve a preguntarme si no encontré ningún documento, pero esta vez mirándome a los ojos, haciéndome comprender que el asunto es crucial y que tenía puestas muchas fichas, la mayoría, todas, en que los documentos aparecieran. Le digo que no.

-Ya me parecía. Es que es él, él debe habérselos guardado todos. Es un egoísta.

Asiento y sugiero amablemente que tengo que seguir.

Pasan las horas. Siento que tengo los pulmones llenos de viruta y que los pececillos de plata me caminan por todo el cuerpo. Antes de empezar a embalar, Gastón, errático, me da a entender que, si no me molesta, va a supervisarme minuciosamente: quiere que vayamos contando libro por libro, así no hay dudas acerca de la cantidad final. Va a demorar mucho, pero entiendo y accedo.

Estoy contra reloj: el flete que encargué llega en un par de horas y falta más de la mitad de los libros para guardar. Cada cinco minutos cambio de parecer: unas veces me parece que llego, otras que no; los libros son malos, nunca compré una biblioteca tan buena.

Suena el teléfono. Es la madre de los hermanos. Gastón me contó la primera vez que vine que está postrada y enferma.

-Sí, mamá, estoy bien. ¿Que qué hago? Tomando birra, qué va a ser –bromea. El primer día, al despedirme, le comenté en tono amistoso que la noche estaba linda para cerveza; metí la pata, él no puede tomar por la medicación, pero no le cayó mal.

Reanudamos la tarea; su mirada laboriosamente atenta, achinada por el pucho eterno en los labios, no se desprende de mis manos. Llegamos con lo justo, el fletero palmea en la vereda cuando cerramos la última caja. Estamos cansados y empapados de mugre y sudor. Afuera las cigarras ejecutan un escándalo coral.

Intento pagar pero Gastón me rechaza con un gesto, no quiere ni ver la plata y señala el altillo. Tengo que dársela al hermano.

Subo ruidosamente la escalera, para avisar. Quiero saber la otra versión. Toco la puerta, no contestan. Suena fuerte un bolero romanticón. Insisto.

-¡Sí, sí, adentro! –escucho entonces.

Abro. Está tirado en el catre, en medias, fumando y mirando el techo.

-Me dijo Gastón que te pagara a vos –digo.

-Sí –dice.- Sí.

Comprendo que no se va a levantar y me acerco. La solapa del camperón está cubierta de ceniza. Tiene una jarra con jugo de limón que parece agua estancada en la mesita de luz. Le doy la plata. Antes de irme le pregunto acerca de unos documentos que su hermano me mencionó.

Sonríe. Tendrá una moto desvencijada y un altillo sucio como riqueza material total, pero también un as bajo la manga, que le brilla en los ojos.

-Sí –dice.- Cuando llegue el momento voy a venderlos. Por ahora estoy haciendo contactos. Hay que tener cuidado con el Estado. Es patrimonio.

Pregunto qué son.

-Manuscritos –dice, grave.- Manuscritos originales de próceres. Rosas, Belgrano. Y cuando los venda me las tomo.

Gastón me despide en la puerta, ya algo más tranquilo. Me agradece y yo también le agradezco; me dice que si en algún momento quiero comprar más que lo llame. Nos despedimos.

Mientras vamos por la General Paz con las ruedas de la camioneta bajas de tanto peso, de tantos libros, conversamos con el fletero acerca de cómo va a pasar cada uno Navidad. Él dice que a medida que pasan los años importa cada vez menos, pero que bueno, ver a la familia siempre es una alegría.

Pienso en las fantasías de cada uno de los hermanos: no son muy disímiles, pero tampoco compartidas; los dos parecen guardarlas para sí mismos como su bien más preciado. Pienso en los manuscritos, en si serán reales o un invento de ambos para tener algo a lo que aferrarse, aunque genere discordia entre ellos, y que a veces la discordia puede llegar a parecer mejor que nada. Imagino unos papeles inciertos y triviales, diarios viejos, custodiados debajo de la almohada, o escondidos en el colchón, cerca de una abertura cosida con recelo fantástico.

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