No es cosa de chicos

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// Por Lola Castets

 

El 15 de julio, Netflix lanzó Stranger things, una serie de ocho capítulos pensada exclusivamente para la plataforma digital. No es novedad que la compañía busca disputar el lugar de predominio de las grandes compañías televisivas para posicionarse como el futuro de la producción audiovisual en Internet. En este punto, el último lanzamiento podría haber sido una maniobra más que se suma a las otras apuestas de Netflix (Orange is the new black, que ya va por su cuarta temporada, o la más reciente Marseille). Sin embargo, las redes sociales, el boca en boca del siglo XXI, produjeron y compartieron numerosos comentarios y recomendaciones a muy pocos días del estreno. ¿Qué tiene la serie, que ya se postula como la revelación del año?

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No hay recetas del éxito, pero hay claves indispensables para entenderlo. En 1983, desaparece Will, un chico de Hawkins, un pueblo pequeño de Indiana. La madre, interpretada por Winona Ryder, cajera de supermercado, encabeza su búsqueda junto con los amigos de su hijo. La principal hipótesis apunta a la generadora de energía que se sitúa en los límites del pueblo, donde se supone que algo extraño salió de ahí con ánimos de devorar a los locales. El misterio no se resuelve sin la ayuda de Eleven, la chica superpoderosa creada en el laboratorio, que en su salida al mundo exterior conoce a los tres amigos de Will y no dudará en usar sus fuerzas sobrenaturales para buscar la respuesta a los misterios que sacuden Hawkins.

El punto alto de la serie es, sin duda, el vínculo de los chicos. Frente al hostigamiento de los grandotes populares de la escuela, Mike, Dustin, Lucas y Will construyen una relación fuerte y tierna que los hermana en esa edad en la que nada es firme ni certero. Cuando desaparece su amigo y todo parece tambalear con la aparición de Eleven, la única verdad es saber que a Will lo van a encontrar juntos. De manera especular, los adultos deberán aprender lo que en los chicos aparece de manera natural: la confianza para plantear los conflictos y resolverlos, a los golpes o con un estrechón de manos.  No es poco mérito construir personalidades disímiles a los once años, cuando lo único que hay es remolino hormonal e incertidumbre; Stranger things lo logra perfectamente.

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Uno de los recursos más elogiados es su ubicación temporal. La elección de los años ‘80 como subtexto de las aventuras no es casual; se constituye como una búsqueda deliberada de una estética particular. La música de la serie (The Clash, David Bowie, Joy Division), las películas de la década (desde la referencia muy obvia a E.T. y a Stand by me), los juegos de mesa, la aparición de Winona, botoxeada y bastante exagerada, son guiños para los consumidores de estos productos. La cultura popular de la época aporta el molde nostálgico, pero no cumple un fin particular de la narrativa. La empatía es, tal vez, lo menos genuino de la serie: la asemeja a un producto de laboratorio creado deliberadamente para gustarnos. El mismo Stephen King twitteó que “ver Stranger things es ver los Greatest Hits de Stephen King, en un buen sentido”. En este sutil comentario, se traduce la clave del producto: accedemos a un texto que muestra algo que ya funcionó, de manera concentrada en ocho capítulos.  Nunca es poco que algo nos guste y nos haga acordar lo lindo que es haber leído a Stephen King, pero siempre está la esperanza de acceder a un producto que complejice sobre sus fuentes, más allá de la reproducción de elementos parciales.

En tiempos de oferta infinita y tiempo útil cada vez más finito, Stranger things entretiene, atrapa y recuerda todo eso que nos hace tan feliz. Al fin y al cabo, la narración es una excusa para mostrarnos lo único que permanece intacto al paso del tiempo: el sostén y la fortaleza que la amistad puede darnos en los momentos de desesperación.

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