Y eso que a mí no me gustaba la cumbia

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// Por Santiago Menconi *

Hay historias que ocurren en la 60 y que, por más que se cuenten y se repitan, son difíciles de creer. Con esta que viene a cuento pasa lo mismo. Por suerte, existe una foto que la comprueba.

Tengo que empezar diciendo que yo no soy de escuchar cumbia, al contrario, salvo en algún que otro casamiento o en alguna fiesta con amigos jamás la escucho. Pero aquella noche fue distinto. Habrá sido porque estábamos en medio de la lucha o porque era invierno y hacia frío. No se por qué, tampoco me lo pregunten. Sin embargo, aquel día, había cargado tres temas de Damas Gratis en mi celular.

Era de noche y el viento que soplaba en Constitución era terrible. Me acuerdo que estaba con el Dani Ledesma y, para calentar el cuerpo, puse los temas que había descargado. Mientras me movía, Dani me preguntó que me había pasado por la cabeza para estar escuchando esa música. Le respondí que era para entrar en calor. Pasó el rato y pasaron los temas. Mientras el resto de los compañeros dormía en la casilla de madera, nosotros seguimos tomando mates en torno al fogón. La calle estaba desierta, no había un alma dando vueltas por el barrio; será por eso, que nos agarraron de sorpresa.

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Fueron tantas las amenazas de patota recibidas que no nos sorprendimos cuando apareció el convoy. En un abrir y cerrar de ojos nos vimos rodeados de varias camionetas que doblaban hacia nosotros. No entendíamos nada. Me acuerdo que en uno de los vehículos había un hombre grandote, con cara de loco, filmando toda la secuencia desde su celular. La caravana dobló hacia la empresa que estaba vallada. Pensamos que estaban preparando la escapatoria para cuando nos hubiesen amasijado. Pero no.

En un rapto de cordura empezamos a gritar “Arriba, arriba, despiértense que cayó la patota”. La decena de compañeros dormidos abandonaron sus sueños y se levantaron rápidamente. En un santiamén estaban todos de pie, con palos y cascotes en las manos, dispuestos a resistir. El convoy ahora avanzaba, nuevamente, hacia el acampe. Las luces nos encandilaban mientras nosotros esperábamos lo peor.

Los chirridos de los frenos nos dieron coraje. Estábamos jugados. Uno de nosotros, al ver que los autos frenaban, pegó el grito: “¿Qué onda, la concha de sus madres? Bajen”. La caravana quedó estática. El hombre de la filmadora no entendía lo que estaba pasando: quince locos con camperas de colectiveros se habían plantado frente a los autos con palos, piedras y los invitaban a pelear. De todos modos, creo que ni se asustó, después de meditarlo un rato, nos dijo: “Eh, muchachos ¿Qué onda? Estamos con Pablito”. Ni nos inmutamos, teníamos los nervios de punta y el corazón en la mano.

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De uno de los autos se fue bajando lentamente, casi en cámara lenta, el vidrio. Del interior del vehículo pudimos ver la cara de Pablito Lescano. “¿Cómo anda la vagancia de la 60?”. Ninguno de nosotros dió crédito a lo que veía: la supuesta patota de la UTA era ahora el cantante de Damas Gratis. Empezamos a reírnos nerviosamente, le pedimos que se bajara a sacarse una foto. Se disculpó diciendo que estaba apurado y nos pidió que, por favor, le levantáramos la barrera, que tenía un show en Mburukuyá. Accedimos de buena gana y el convoy entero paso delante nuestro, llevándose tras de sí todo el miedo acumulado.

Incrédulos, nos mirábamos sin poder decir palabra. Al rato, cuando recuperamos el habla, Ledesma me recordó que, minutos antes, habíamos estado escuchando Damas Gratis y que aquello había sido una causalidad increíble. Una epifanía, algo raro que no suele ocurrir. Ninguno volvió a acostarse; nos quedamos despiertos, comentando lo que acababa de suceder. No llegamos a acomodarnos cuando volvió a repetirse la secuencia: las camionetas doblando rápido, Pablito y toda su banda estaban de vuelta. Esta vez sí se bajó y pudimos sacarnos la foto que prueba esta historia. Y eso que a mí no me gustaba la cumbia…

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* Santiago Menconi trabaja en la Línea 60 y es autor de Sesentazo, crónicas de un lock out.

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