El exorcismo de Matías Alé

Matías Alé, sobre su brote psicótico_ _Empecé a ver que el mal me ___

// Por Patricio Videla Sar

 

“Vengan que hay una persona con alteraciones psiquiátricas”. Estas habrían sido las palabras que un noble y preocupado vecino dijo al 911 al escuchar ruidos extraños en la casa de Matías Alé en Acassuso. Aparentemente, según la pericia informativa de Intrusos, el programa conducido por Jorge Rial, habría atacado a su hermano, Elías, con una espada samurái (sí, como la de Hattori Hanzo en Kill Bill) en medio de “una situación imaginaria vinculada a la Guerra de las galaxias”. Lógicamente (según ciertas lógicas), la recaída del Casanova volvió a ponerlo en boca de la siempre difusa opinión pública, esta vez por lo curioso del frío dato que exhibe las dotes de Alé para el esgrima. Buena excusa para recordar un hecho de aquel primer episodio que resulta cautivante.

En noviembre del 2015, apareció la noticia de que Matías Alé había sido internado. No era una cuestión, digamos, orgánica la que lo llevó al hospital, sino que se trató de una internación psiquiátrica. Para decirlo en criollo (como muchas veces, la sabiduría popular va un paso delante de la ciencia): Matías Alé “se volvió loco”. Según se supo más tarde de boca de él mismo, presentó ideas delirantes de contenido místico. De acuerdo con lo que Alé declaró, “creía que era un Cristo enviado que tenía que hablarles a todas esas personas. Yo sentía que la gente me agradecía por como hablaba, y otros eran la cara mala, de la que me tenía que alejar”. Afirmó sentir una presencia extraña en la casa, de la cual intentó proteger a su (ex) esposa y a su madre. Curiosidad: unos días antes de este episodio, el modelo/actor/Casanova se había presentado en el programa de Alejandro Fantino, donde afirmó que quería ser “el Brancatelli de Macri”.

Pronto la noticia alcanzó las primeras planas de pasquines chimenteros y ocupó varias horas de televisión. Entre otras cosas que se mostraron, vale la pena recordar las imágenes que mostraban a Alé “contenido” (eufemismo de la jerga psiquiátrica para maniatado), forcejeando en la puerta de la clínica en la que estaría internado algún tiempo, hasta ser dado de alta. Hoy, podemos verlo dando testimonio del episodio que atravesó, nuevamente frente a las cámaras, espacio que pareciera ser su hábitat natural. Dentro de este verdadero show, montado en torno a un hecho cuyo único interés público era la caída en desgracia de un tipo que había sabido conquistar mujeres hasta hacer de eso una suerte de oficio (recordemos la publicidad de agua saborizada en la que hacía precisamente de chamuyero), los sensacionalistas de siempre no demoraron en dar inicio al desfile de “expertos” en cuestiones de locura.

Entre esas luminarias, un cura. Así es: un vocero de Dios sobre la tierra, un representante del reino de los cielos ante nosotros, mortales. Consultado por el cuadro de Matías Alé, su voz autorizada pregonó un tratamiento tan evidente que nos hace cuestionar la existencia misma de la psiquiatría, el psicoanálisis y otras prácticas cuyo savoir-faire anda por esos pagos: a Alé hay que exorcizarlo. ¡Pero claro! ¿Cómo no se me ocurrió antes? ¿Cómo no vi la estrategia? La solución a una cuestión tan antigua como la humanidad misma es tan sencilla como liberar a M.A. (y a todos los que acuden a los servicios de Salud Mental) del acólito de Satán que habita su cuerpo.

matias ale brote

Ironías al margen, detengámonos en este punto un momento. El ridículo planteo del clérigo se inscribe dentro de una serie más amplia, entre la que se encuentran también aquellos otros especialistas del padecimiento psíquico. La diferencia radica en que estos últimos, los paladines del campo psi (especialmente psiquiatras), tienen el visto bueno de la sociedad en tanto vienen envueltos en los ropajes de la ciencia. Si el dentífrico blanquea hasta el extremo de la escala cromática y un odontólogo lo ratifica, ¿por qué no vamos a creer que Matías Alé sufrió un “brote psicótico”?

¿Por qué esta proliferación de voces sobre el caso Alé y, en un sentido más amplio, sobre la cuestión de la locura? Porque se trata de una experiencia de orden inefable, de un encuentro con lo que Lacan llama lo real, totalmente desestructurante del orden de la realidad, tanto en el paciente como en aquel a cargo de su tratamiento y, en este caso, de los telespectadores. Un caso como el de Matías Alé nos confronta con nuestra propia fragmentación, con la amenaza de perder el lazo con la realidad, de la cual, en estos casos, comenzamos a sospechar no es tan cierta y estable como parece. Freud advirtió que la realidad se construye, pero, así como se erige en certeza, se puede perder. Eso es lo que emerge ante la locura, y es en este punto donde el diagnóstico hace su entrada: allí donde no hay sentido, en tanto somos sus esclavos, nos vemos conminados a poner algo del orden del lenguaje que nos tranquilice, es decir, un diagnóstico. Matías Alé tuvo un brote psicótico y a otra cosa, nuestra realidad no vacila. Por otro lado, si sucumbimos ante el rigor, es algo conceptualmente errado, ya que el término brote se reserva para la eclosión de la esquizofrenia, una entidad clínica delimitada al interior del campo de las psicosis

¡Pero cuidado! El diagnóstico no debe reducirse a esta función de calmar a quien lo hace. No debe olvidarse que el término diagnóstico porta la raíz dia, que literalmente significa a través, lo cual da la idea de un proceso. Seguir el camino del diagnóstico rápido conduce a un único destino: una etiqueta disparada sobre un ser humano con la velocidad de un pistolero del Far West. Y eso no nos deja al abrigo de la locura. En otras palabras, por más que el loco sea el Casanova redimido, como dice Bersuit, nadie está a salvo de la locura. Quizás sea cuestión de vernos menos al espejo, que siempre devuelve la loca certeza de que somos el que está ahí… hasta que deja de hacerlo.

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