Esto se va a poner podri

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¿Por qué la izquierda no avanza hacia la Revolución?

// Por Ulises Galecki

 

Por primera vez en la historia argentina la izquierda trotskista conduce un gremio industrial y muchos de sus militantes se congratulan por la creciente representación de sus partidos en cuerpos de delegados y comisiones internas. Sin embargo, este avance sindical no tiene correspondencia en el terreno de la política: la izquierda argentina todavía es una opción marginal a nivel general, incluso después de la convergencia tres de sus partidos más grandes en un frente electoral (FIT), que les ha reportado una relativa mejora, aunque sin provocar creciente aceptación de sus propuestas políticas. Si hace falta mayor sustento para identificar esta marginalidad, el reñido resultado del último ballotage la confirma: el voto en blanco que el FIT defendía se pulverizó e incluso algunos de sus militantes votaron por alguna de las dos opciones, bajo el secreto del cuarto oscuro. Lo que se busca discutir en este artículo es por qué las posiciones de la izquierda argentina no son hegemónicas en la actualidad ni se acercan a serlo, aún cuando en la política sectorial exhiben una aceptabilidad incipiente.

Se intentará mostrar que aquello que bloquea la trascendencia de estos partidos es su carencia de producción teórica, una consecuencia de la negación a discutir problemas que impliquen cierto grado de abstracción. Más precisamente, en el ámbito de la izquierda se cree que las ideas necesarias para la praxis pueden encontrarse en el legado escrito de unos pocos autores, en especial Marx, Lenin y Trotsky. Esta posición cerril genera un vacío de teoría social, con dos implicancias lesivas para las intenciones de la izquierda: i) los huecos inadvertidamente se rellenan con ideología funcional a los intereses que los partidos dicen combatir. ii) Las intervenciones políticas no pocas veces resultan poco apropiadas, debido a una interpretación de la coyuntura basada en una teoría inadecuada.

La vida después de Marx

La teoría económica de Marx, si bien mantiene un enorme potencial explicativo y merece una atención insoslayable, está lejos de ser completa. Las falencias de la izquierda partidaria se advierten en los aspectos más débiles de El Capital: no hay una buena teoría de los precios ni de la renta, en tanto Marx no ofrece una determinación simultánea de la distribución y los precios relativos. Esto lleva a afirmar que las mercancías se intercambian en proporción a su valor incorporado, lo cual comprime la dimensión de la lucha de clases en la disputa salarial, mientras que en los hechos el salario real se determina no sólo en esa instancia, sino también en la relación monetaria y en la selección de técnicas de producción. Para escapar a este problema, el pensamiento de izquierda ha adoptado diversas sabidurías del sentido común, como una teoría del dinero rayana en el monetarismo, que se evidencia en el uso de categorías como “el impuesto inflacionario”, “la quiebra del Banco Central” o “el negociado del dólar futuro”, más bien perjudiciales para los trabajadores y convenientes a los rentistas, que se verían favorecidos por un cambio en los precios relativos para lograr por una desinflación (acabar con el impuesto inflacionario), un ajuste fiscal y monetario (que el Estado y el Central sean superavitarios) o bien una depreciación del tipo de cambio (terminar con la operatoria del dólar futuro).

La discusión sobre estos conceptos tiene gran nivel de abstracción y puede parecer esotérica a primera vista, pero allí se esconden las razones por las cuales los partidos de izquierda han fallado en sus ansiosos diagnósticos sobre “inviabilidades del sistema” o “crisis inminentes”, lo cual no sería tan grave de por sí (al cabo que es más probable que nos toque ganar la lotería el día que no la juguemos), como por las dificultades para identificar el conflicto distributivo en la política macroeconómica. ¿Cuál debería ser el tipo de cambio? ¿Cuál la tasa de interés?  ¿Cuál el resultado fiscal? ¿Cuáles las retenciones? O bien, si no se está ante la responsabilidad de emitir una respuesta precisa, ¿son neutrales para los trabajadores cambios en uno u otro sentido? ¿Cuándo ganan y cuándo pierden? La respuesta es evidente al interior de la fábrica, pero puede ser más evasiva sin una buena teoría de los precios y el dinero.

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Problemas candentes

Otro aspecto que no ha merecido suficiente discusión es la teoría del Estado. Los partidos del FIT basan la formación de sus militantes en la lectura de El Estado y la Revolución, de Lenin. El Estado, por lo tanto, es concebido en una visión instrumental, como el aparato por medio del cual la clase capitalista vehiculiza sus intereses. En una versión más sofisticada, que prescinde de Lenin,  se entiende que el Estado personifica la relación social general. En cualquier caso, se manifiestan en contra de discutir teorías que presentan el carácter relacional del Estado, bajo el prejuicio de que “eso es posmoderno”. En su dimensión relacional, el Estado brota de la lucha entre clases por efecto de las determinaciones materiales del período histórico y como consecuencia de la acción colectiva de las clases. A su vez, el Estado no sólo es resultado del conflicto, sino que también despliega una autonomía relativa para incidir por sí mismo en el resultado de la disputa. En estrecha vinculación con este problema, no hay en la izquierda una definición precisa de democracia y dictadura, o democracias y dictaduras, y las certezas parecen resumirse en una fórmula imprecisa como “la democracia es la dictadura del capital”, en favor de “una dictadura del proletariado” (seguida de ociosas discusiones intestinas sobre la dictadura del Partido o de los Soviets). Mientras tanto, las categorías no resultan operativas para pensar la democracia ampliada, la radicalización de la democracia, el republicanismo plebeyo… diversos regímenes en los cuales la democracia puede ser proclive al cambio social.

El punto anterior exhibe la falta de discusión sobre una teoría del cambio social. Hay un concepto sobre el comunismo, sintetizado en el reino de la libertad. Es cierto que la precisión sobre las utopías no es más que un ejercicio de imaginación, pero eso no libra a la izquierda de la responsabilidad de pensar cómo se transita el camino desde este mundo real al mundo ideal. En su concepción, el cambio social suele adjudicarse a un impulso que sobrevendrá luego de la centralización y reorganización de los medios de producción. Pero poner todos los medios de producción bajo la dirección del Partido, el Soviet, o el Estado no produce por sí mismo un cambio en las formas del trabajo. Es decir, no puede decretarse que el trabajo tenga un carácter directamente social. Detrás de esa concepción vaga de la izquierda sobre el cambio social persiste una sobrecarga al concepto de propiedad, que para los partidos de izquierda es definitorio de las clases sociales. Una teoría cerrada a esa taxonomía conduce a una mala identificación de las vías de apropiación del excedente. En ese sentido, no se han debatido las implicancias de la creciente separación de la innovación y el diseño respecto de la fabricación, que se advierte en el incremento del comercio intrafirma por sobre  el comercio entre empresas. Esta diferenciación del capital que algunos denominan “tecnológico”, en el que la producción circula bajo pautas de planificación, pone en cuestión la tradicional definición de la relación social signada por la propiedad. ¿Alguien ha visto alguna fábrica de Apple? En efecto, las categorías de trabajadores y capitalistas a las que aluden los partidos de izquierda sólo dan cuenta de una situación genérica análoga a los comienzos de la Revolución Industrial, cuya validez plena se constata si la expoliación solamente ocurre al interior de la industria La izquierda parece haber perdido de vista que el propio concepto de clase es histórico.

Se insistirá en el hecho de que el cambio social es uno de los aspectos menos abordados en los pocos autores que los partidos argentinos de izquierda referencian. La indefinición acerca de su contenido también se advierte en la falta de atención al carácter pre-figurativo de políticas inadvertidas de la cotidianeidad y otras prácticas comprendidas en el discurso político, en estrecha conexión con el recurso recurrente de endilgar los problemas de los “Estados Obreros” a factores ajenos al cuerpo ideológico vigente. Esa operación invalida la búsqueda de soluciones a los problemas de viejas revoluciones, que en buena parte son los de toda revolución. Por caso, la imposibilidad de coordinar el necesario internacionalismo con el episodio puntual de la toma del poder, la cual cobra forma nacional.

Incluso el asalto al Estado carece de discusión suficiente. ¿La Revolución es un hecho o un proceso? ¿Necesariamente debe comenzar con un acto de violencia? ¿Qué características debería tener un suceso para ser considerado el inicio de un proceso revolucionario? ¿Cuándo un hecho clausura una Revolución? ¿Puede hablarse de una revolución, revoluciones o solamente de la Revolución?  Ante cualquier circunstancia la izquierda insiste en reformular las consignas transicionales, que vinculan el programa mínimo (las reivindicaciones actuales de las masas) con el máximo (la necesidad histórica del socialismo). El programa mínimo debería ser constantemente superado por el programa de transición, con el objetivo de movilizar a las masas hasta la Revolución proletaria. Pero el Programa de Transición no explica qué hacer si el programa no conduce al alzamiento revolucionario, o si las consignas transicionales son satisfechas sin que se produzca la toma del poder. Una reforma agraria o una nacionalización de los recursos naturales, que no conduce a deponer al Presidente, ¿qué es? ¿Qué carácter tiene ese Estado? ¿Qué clase de régimen es aquel en el que las consignas se realizan sin que las dirija el Partido, los Soviets o cualquier forma de pretendida vanguardia de clase?

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Predicamentos militantes

Esta consideración mecánicas acerca de las tareas del militante se nutre de una concepción vetusta acerca del Partido, o bien de las tareas de los partidos. En el ¿Qué Hacer?, Lenin defiende al Partido (una organización centralizada de revolucionarios profesionales) como el instrumento para sostener la lucha política en un contexto en que los sujetos se dispersaban en diversos conflictos gremiales, sin una sutura capaz de unirlos en un bloque político en torno al problema del poder. Pues bien, los partidos de la izquierda argentina parecen obrar exactamente al contrario: gravitan gremialmente, pero son incapaces de tender un vínculo político con las clases con las que se proponen un diálogo. Acaso parte de este problema pueda achacarse a la concepción de vanguardia, que merecería mayor discusión: ¿los trabajadores que no están en el Partido o no lo apoyan, no lo hacen porque están equivocados? ¿No ven la realidad? ¿La ven y son traidores? ¿O el peronismo es el tapón que contiene la potencia insurgente de una clase en permanente ebulliciòn? Si alguno de esos argumentos puede imposibilitar que los partidos crezcan más allá de sus estrechos límites, lo que especialmente invalida el avance de sus posiciones es la ponderación del Partido por encima de la vocación frentista, de la coordinación o incluso de la difusión de las ideas en ámbitos de circulación plural, donde la identidad partidaria no puede conducir plenamente al colectivo. Con esto no se quiere decir que los partidos no sirvan, sino que la batalla que se proponen es ideológica antes que insurreccional, porque requiere la construcción de un nuevo sentido común, de corrientes de opinión favorables a la igualdad y la libertad. Para mayor énfasis: las corrientes de pensamiento liberal, que eran minoritarias hasta mediados del S.XX, hoy son hegemónicas. Su consagración requirió de los partidos tanto como de los think tanks, los medios de comunicación, las ONG’s y diversas formas de irradiación de ideas conservadoras, que a través de la naturalización de posiciones de clase han pavimentado el camino hacia el ajuste y la represión que hoy también Argentina transita.

Una breve anécdota puede reflejar el punto. Hace no mucho tiempo me encontraba en un seminario sobre teoría económica organizado por una universidad. En el curso había un militante de izquierda, que casualmente se topó en uno de los almuerzos con un alto dirigente de su organización. El dirigente, que hace poco había aparecido en afiches por toda la Ciudad, le reprochó que no estuviera militando y, para peor, que renunciara a sus tareas políticas para escuchar ideas extrañas.

El cuento refleja la particular teoría del sujeto absoluto de cierta izquierda partidaria, que eleva moralmente a una especie de gollem revolucionario, arquetipo del hombre que el socialismo debería producir para producir el comunismo. Quien expresa con mejor cercanía a este hombre nuevo es el militante, en especial el mejor militante: el más abnegado, el más esforzado, el más presente, el más autorizado. Bajo una concepción sacrificial de la militancia, su virtud será mayor cuanto más dedicación se le ofrezca al Partido, o incluso cuanto mayor sea el renunciamiento individual en pos del objetivo colectivo. Es una lógica de producción del cambio social no muy diferente de la producción de tomates o zapatos. Se entregan horas de trabajo militante, se obtienen acontecimientos políticos. Si la producción no es satisfactoria, en los círculos el dirigente – capataz podrá discutir la necesidad de incrementar la plusvalía absoluta (el militante no acude a suficientes actividades) o relativa (el militante no es lo suficientemente activo en las actividades que realiza).

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¿Qué es ser de izquierda?

Los señalamientos sobre las carencias del pensamiento de izquierda no deberían tomarse como críticas en sentido acabado, ni comentarios sobre un partido u otro en particular. Cada punto merecería una discusión más detallada. La intención, mucho más modesta, es exponer el carácter voluntario de afirmaciones que se presentan como necesarias, sacudir las categorías que no contienen suficiente precisión, interrogar los supuestos que sustentan una práctica política que se asume certera. Se han cuestionado aspectos centrales de la teoría del sujeto, del partido, del cambio social, del Estado y de la economía, para las corrientes partidarias que se atribuyen la herencia del marxismo. Caídos estos pilares, uno podría preguntarse, ¿queda algo en pie?

No, responden los mismos partidos marxistas. No se puede ser consecuentemente de izquierda si se cuestiona algún fragmento del pensamiento colectivo que los Comités de Doctrina salvaguardan. El desviacionismo, el revisionismo, el posmodernismo son distintas maneras de galvanizar las abigarradas convicciones de una práctica irreflexiva e insegura en sus principios. Como si leer a Gramsci, a Poulantzas, a Laclau o a Sraffa implicara una claudicaciòn ante el aparato ideológico del “nacionalismo burgués”. Por eso, a las nuevas izquierdas que se permiten hacerlo,  la izquierda tradicional las impugna como chavistas o kirchneristas. Y no tarda en emerger un cuerpo doctrinario en algunas de estas nuevas izquierdas, diferente del FIT en aspectos que deberían indagarse, pero que en ocasiones acuden al reflejo de criticar lo extraño por el hecho mismo de serlo. Hay algo de triste ironía en esa reacción: el militante de izquierda está habituado a irritarse con la crítica externa a sus ideas (“en el comunismo todos son pobres, en el comunismo nadie es libre, el comunismo es imposible”, etc.), pero cuando se le formula una crítica interna, que se atreve a utilizar las mismas premisas para derivar resultados diferentes, la respuesta es externa: eso no es marxismo.

Quizás la falta de discusión teórica y la poca propensión a pensar abstractamente sean una reacción al clima de derrota que siguió al retroceso de todas las izquierdas (Chile 1975, Argentina 1976, URSS 1989…). Más de veinte años después, el refugio de la doctrina probó su eficacia para preservar las ideas de izquierda del huracán del fin de la historia; los partidos de izquierda siguen vivos y no son meras piezas de arqueología, pero tampoco se han probado capaces de avanzar significativamente en sus objetivos. Así es como la evasión del transformismo ha derivado en una postura de autocomplacencia con las limitaciones políticas de la doxa. Mientras tanto, el protagonismo de nuevas fuerzas políticas en países donde han ocurrido revueltas induce a pensar que los saberes de la izquierda tradicional no alcanzan para generar prácticas transformadoras de la realidad. Si el propio Marx era un autor honesto, que no tenía problemas en reconocer y dejar anotadas las dificultades teóricas a las que se enfrentaba, ¿por qué quienes reclaman el patrimonio del marxismo deberían tener una respuesta a toda objeción? Sin el ejercicio de la crítica de ideas, la crítica social es incompleta. Sin una nueva construcción del sentido común y del espacio de posibilidades de la política, ninguna persona que se considere revolucionaria encontrará un ámbito propicio para su actividad. Es una buena hora para relajar el peso de la doctrina sobre las identidades y asumir que ser de izquierda no es necesariamente perseguir el fin del Estado o contribuir a la construcción del Partido. Ser de izquierda es algo tan simple como pensar que un mundo utópico es un mundo de igualdad y libertad.

 

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