Algo se prende fuego

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// Por Ezequiel Camina

 

Me habían sacado las amígdalas hacía pocos días y aún experimentaba el sopor opiáceo de los analgésicos y el andar dubitativo de los enfermos. El médico me había prohibido fumar y no habría podido hacerlo aunque quisiera; todas las mañanas regurgitaba pus y sangre ocultos durante la noche por el bolsillo reciente en mi garganta. Mi novia me cogía con apremio de prostituta, sin besarme la boca.

Daba largas caminatas por el centro y cada tanto escupía arroz del almuerzo o un cubo de jamón intacto del tentempié mañanero. Sentía esos resabios de bolo alimenticio como venenos enquistados en la carne que finalmente lograba purgar. El dolor y la humillación de estas catarsis compensaban con secreto placer de mártir haber accedido a una cirugía electiva, sin mérito mayor que nacer hijo de la burguesía.

Llovía y yo bajaba por la calle Corrientes (esa que se llena de gente que viene y que blah), pensando en el sufrimiento de aquellos que de los edificios conocen sólo las entradas, de los bancos los cajeros automáticos, de las plazas los agujeros en los árboles. Sentí culpa por disfrutar el chispeo helado sobre la cara como una cachetada vuelta caricia, por el romance entre el charco y la zapatilla.

Como casi siempre que mi cabeza elucubraba un nuevo concepto, la realidad circundante se confabulaba para ejemplificarlo, y con cada paso se materializaba un nuevo mendigo, linyera o niño de pies descalzos entre la risa y el llanto.

Bajo el techo de un teatro me detuve a esperar el escampe, engrosando un grupo de laburantes que se abrigaba en la cercanía de los cuerpos. Una voz y una guitarra amplificadas por un Marshall repetían la frase “Hace calor…” Rostros grises ofrecían sonrisas automáticas y monedas de cortesía al circunstancial artista, incapaces de encontrar sus miradas perdidas.

Un hombre que vestía campera de cuero y jirones se incorporó de su catre de cartones junto a la ventanilla de la boletería y se acercó lentamente, su olor corporal abriéndole paso.

El intérprete callejero pareció reconocerlo, las pupilas se le llenaron de asombro y cesó la música.

“¿Me la prestás un rato, hermano?” con la voz ronca de sueño.

Se sentó en el suelo con la espalda apoyada contra la pared y recibió el instrumento como si se tratara de un bebé. Pifió un par de notas y balbuceó algo sobre la salida del Sol mientras la muchedumbre escrutaba en silencio esa piel endurecida por el vicio y esos labios partidos de sexo y frío.

Recordé una noche de Julio hacía unos años, el estadio lleno de rollingas cantando como ese único ser que en verdad son; celebraban la muerte del ídolo, aullaban la frustración del recital que habían ido a escuchar y en su lugar encontraron las consecuencias de mucha droga y poco rock´n´roll: una canción balbuceada, un puñado de acordes equívocos y el coro más desgarrador jamás oído.

Sin consciencia de lo que hacía entoné los primeros versos con la voz ahogada en sangre y los ojos empañados de dolor. El efecto fue inmediato, la emoción se propagó virulenta y la entrada del teatro fue un eco de aquella noche, un funeral tardío.

Imposible precisar si cantó o no el ídolo, pero a nadie pareció importarle. Terminó el sonido y las nubes se dispersaron en el cielo del mediodía. Finalizado el horario de la comida, el público retornaba a sus responsabilidades con el pecho caliente y la panza vacía.

El hombre de la canción me pidió un cigarro, le regalé el atado y volvió a ser invisible entre sus sábanas de diario.

 

 

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