Time Warp. El asesino invisible

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Still song, Jorge Macchi

// Por Omar E. Torradems

 

Media hora después de tomar una pastilla de éxtasis comienzan a sentirse los primeros efectos. El cuerpo se siente más liviano y un impulso empieza a recorrer las extremidades con un ligero cosquilleo, un estímulo al movimiento, como si uno fuera un avión que carretea por la pista antes de iniciar el despegue. Pronto las luces se ven un poco más brillantes, los colores más nítidos. El empuje del cuerpo se traslada al rostro y se sonríe con una felicidad reluciente que aún no tiene objeto, serotonina recién sintetizada que busca otro al que amar. Un amigo, una pareja, un grupo de personas, alguien con establecer una conexión. Emerge un lazo de una proximidad desacostumbrada, un cariño primitivo que reconcilia cuerpo y espíritu. En las tres o cuatro horas siguientes, ese despegue empático abre paso a un estado de ebullición anímico y corporal, un viaje que se siente enérgico, libre, lúcido, despreocupado. Se vive una felicidad pueril, gozosa, de una plenitud imperturbada por los pensamientos mundanos. Pero siempre hay unas últimas notas de música y el impiadoso paso a la claridad nos recuerda nuestra pertenencia al mundo donde existen los miedos, los enojos, los límites y las angustias.

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A la salida de la Time Warp dos chicos ofrecían volantes de un after en el barrio de Palermo. En el after la fiesta sigue aunque sea de día: una pastilla más y se suspende el choque con la rutinariedad. Ninguna de las que siguen es como la primera, la que marca el contraste; después se pierde el resplandor de esa alegría iniciática, sorpresiva, pero la terquedad química logra que la rutina se mantenga postergada. Esta vez la repartija de volantes en la Time Warp se ve interrumpida. Suenan las sirenas de las ambulancias, que llegan tarde, y a su paso corren algunos paramédicos, muy pocos para levantar todas las camillas que hacen falta. Es un amanecer trágico. Poco después se sabrá que cinco personas murieron durante la fiesta.

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Cuando se está bajo los efectos del éxtasis, el baile y el propio calor del ambiente pueden provocar deshidratación, por lo que es clave tomar pequeños sorbos de agua y evitar el alcohol, que es diurético. La investigación judicial no tardó en descubrir que el agua, las bebidas energizantes y el “champagne” comercializados en Time Warp eran marcas de fantasía de una empresa cuyo principal accionista es Víctor Stinfale, uno de los organizadores de la fiesta. Como si la entrada de 950 pesos no fuese suficiente para ofrecer un margen de ganancia razonable, los mercaderes de la noche se llevaban una recaudación de un 20% extra con el lucrativo negocio de extorsionar a miles de personas con la falta de agua, aún más necesaria debido a la sobreventa de entradas. Maximización del beneficio: con una habilitación para eventos por 13.000, los organizadores habían hecho pasar a 20.500 consumidores de bebidas. Minimización del costo: luego del aumento de las tarifas de energía eléctrica, en especial para horarios nocturnos en emprendimientos comerciales, los organizadores apagaron la mayoría de los ventiladores. Los pabellones del predio de Costa Salguero son galpones de chapa, que estaban llenos al 200% de su capacidad, sin ventilación, sin acceso libre al agua por parte de los asistentes, con poco personal para atender emergencia y no siquiera una ambulancia a disposición para realizar traslados.  

Los mercaderes de la noche reclaman su libra de carne joven

La Justicia muestra celeridad cuando las cámaras esperan condenas rápidas. El abogado Stinfale y su socio Adrián Conci, dos de los organizadores de la fiesta, aguardan en prisión preventiva por un proceso judicial en el que la opinión pública ya juzgó su culpabilidad. Pero la fiesta sigue. Otro de los socios de Stinfale, Martín Gontad, es “el” hombre de la electrónica. Accionista de Delta FM (la radio de música electrónica en AMBA), es quien contrata los dj’s y realiza la promoción de los eventos. Aunque la firma la pongan otros, su productora 2net es conocida en el ambiente electrónico como la organizadora de la Time Warp, la Creamfields y los boliches más conocidos de Buenos Aires, Córdoba, Rosario y la Costa Atlántica. Maneja las fechas de la movida electrónica con tanta comodidad que puede entronizar o destruir dj’s y ofrecer un servicio pésimo, incluso criminal sin riesgo de perder clientes. Es una suerte de oligopolio, en el que sólo recientemente empezó a tener competencia por el ascenso de Cristian Caseb, productor de la más reciente UMF que se propone rivalizar con Creamfields, organizada por 2net. Gontad y quienes cobran de su negocio saben que están en carrera y no es momento de bajarse. Después de la Time Warp, 2net tuvo que cancelar las fechas en sus discotecas como Pachá o State (administradas por sociedades ad-hoc) y las reprogramó en el boliche Museum bajo el nombre de una productora fantasma. Su nombre y sus actividades gozan de la complicidad de muchos de los personajes mediáticos que suelen ser invitados VIP a sus fiestas. Como algún periodista que fue a la Creamfields y ahora se escandaliza por el consumo en la Time Warp, cuando entrevista en su programa al escritor Enzo Maqueira.

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Martín Gontad

Escalar en la cadena de responsabilidad por encima de un sacapresos como Stinfale no sólo expondría a socios con mejor cobertura. Los pabellones de Costa Salguero pertenecen a la Ciudad de Buenos Aires, pero fueron concesionados a la empresa Telemetrix que gracias a un conveniente contrato usufructo paga al pueblo de la Ciudad $1,5 al mes por metro cuadrado. La Sra. Carmen Polledo, diputada y vicepresidenta de la Legislatura porteña por el PRO, admitió ser la titular de la concesionaria de Costa Salguero. Hace menos de un mes, en la filtración de los Panamá Papers se reveló también que Polledo es titular de una firma off shore como tantos otros militantes de su partido. La ruta del dinero Time Warp se enreda en senderos oscuros.

La falta de agua y ventilación no son los únicos de los riesgos que deben reducirse cuando se consume éxtasis. La abrumadora mayoría de las veces, es imposible saber qué se consume. Las pastillas de éxtasis deberían tener una mayor proporción de metilmetanfetamina (MDMA), la sustancia buscada por sus efectos de bienestar, aunque generalmente son adulteradas con sustancias de la familia de las catinonas: metilona, etilona, butilona y otras drogas que producen taquicardia, rigidez corporal y bruxismo muy pronunciado. Ninguna de estas sustancias, sin embargo, ha provocado muertes masivas: su dosis activa y su sobredosis tienen un rango muy amplio. Así como es infrecuente que una persona tome vino hasta morir, porque antes se quedaría dormida, también es difícil que se tome tanto MDMA (sólo MDMA) como para provocar una insuficiencia respiratoria sin que antes se produzcan vómitos, diarreas o cuadros febriles que impidan seguir consumiendo.  Pero existe otro adulterante, el polimetacrilato (PMMA), que a pesar de no ser muy común es relativamente “famoso” por sus efectos mucho más severos. Con una dosis baja el síndrome serotoninérgico tiene mayor probabilidad de ocurrencia. Para cualquier consumidor es muy difícil saber si aquello que se vende como MDMA está adulterado y si los adulterantes son sustancias mortales o no, más aún cuando el Estado no ofrece servicios de testeo de pastillas y considera que la posibilidad de que asociaciones privadas lo hagan constituye alguna forma de apología o facilitación del consumo.

Los testimonios de quienes fueron a la Time Warp coinciden en denunciar las pésimas condiciones del evento (responsabilidad de los empresarios y el Estado), pero las historias divergen en cuanto a qué consumieron quienes fallecieron o fueron hospitalizados. Algunos señalan la ingesta de algunas pastillas que podrían haber tenido PMMA como adulterante. Pero en facebook circuló el post de la prima de Bruno Boni, uno de los chicos fallecidos, quien según el relato bebió de una botella con “éxtasis líquido”, nombre corriente para el ácido gammahidroxibutírico (GHB). El GHB tiene un dosaje muy potente: con pocas gotas se logra un efecto de eufórica embriaguez; con apenas unas gotas más se pueden producir convulsiones y un paro cardiorrespiratorio. Su interacción con otras drogas es muy riesgosa y el hecho de que sean gotas sin color ni olor impide saber cuántas gotas tiene el líquido en el que se lo disuelve para ser ingerido. Sin esa información, la diferencia entre la vida y la muerte puede ser un trago de más.

 

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La libertad no es un estado de la mente

¿Qué lleva a una persona a consumir drogas de diseño? Las mismas razones que explican que un argentino promedio consuma cada año unos 44,5 litros de cerveza, 23,7 litros de vino, 3 litros de fernet, 1.014 cigarrillos e incontables gramos de psicofármacos, marihuana, cocaína y otras drogas legales e ilegales. La estadística, como dijo George Bernard Shaw, es una ciencia que demuestra que si mi vecino tiene dos coches y yo ninguno, los dos tenemos uno. Seguramente sea difícil encontrar al argentino medio que haya consumido todas esas drogas, tan difícil como hallar al que no haya tomado ninguna. Las drogas, aún ocultas – en su consumo, su producción, su distribución, su promoción- son parte de nuestra realidad.

Existen diversos discursos moralizantes en torno al consumo de drogas, que a pesar de sus diferencias ideológicas se tocan por la tangente en una asociación de las sustancias con alguna forma del mal. Se las rechaza porque producen secuelas físicas, conductas indebidas, desórdenes psicológicos o desarreglos emocionales. Podrá parecer que este discurso es exclusivo de las fuerzas conservadoras encarnadas en la derecha política y religiosa. La prédica prohibicionista, que brega por incrementar las penas de los consumidores, acaparó toda la atención en el debate mediático posterior a la tragedia de Time Warp. Parece caduco ese puritanismo paternalista que reniega de sus fracasos, como la Ley Seca estadounidense que resultó en un incrementó el consumo de alcohol per cápita luego de su aplicación en la década de 1920. Aún así, el discurso de la prohibición y penalización se mantiene vigente; entre los privados, demasiadas voces demasiado amplificadas cobran del lobby prohibicionista. Desde el Estado, el chivo expiatorio del narcotráfico contribuye a devolver poder a las fuerzas represivas, diezmadas en sus capacidades luego de un sostenido proceso de esmerilado del poder militar y policial, que aún con notorios altibajos ha sido una política de Estado desde la recuperación de la democracia hasta el fin del kirchnerismo.

 

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Más sorprendente es encontrar un resabio de moralina en culturas políticas progresistas, como la de cierta izquierda que acuerda con la despenalización para no criminalizar a los consumidores, aunque considera que el consumo de drogas es un “mal” que debería ser evitado, una suerte de opio del pueblo en sentido literal, que promueve la estupidización de los consumidores. En esta perspectiva, quienes consumen drogas serían permanentes víctimas de un crimen social: la alienación de las relaciones sociales los impulsa a encontrar vías de escape cómodas sin cuestionar sus determinaciones.

En efecto, un viaje de éxtasis y una borrachera permiten evadirse de las angustias cotidianas en vez de enfrentarlas directamente. Pero una visión que reduzca el uso de drogas a una simple forma de catarsis niega otras posibilidades más amplias del consumo. La alteración de los sentidos induce la creatividad, estimula el acto poiético, la invención de algo nuevo donde a primera vista ya parecía todo hecho. No se pretende que esta práctica tenga, por sí misma, la capacidad de transformar las relaciones sociales. Ésa fue la creencia de la Hermandad del Amor Eterno, un grupo que en los 60’s se propuso sintetizar masivamente LSD hasta construir un mundo nuevo. El LSD inundó los EEUU, pero las guerras continuaron y acaso el mundo hoy sea un poco peor que durante esa fantasía hippie, luego de que la ola finalmente rompiera y volviera hacia atrás. En el medio, las drogas nos dejaron la psicodelia, algunas de las mejores obras de arte del siglo XX, la liberación sexual y la utopía de pensar un mundo sin violencia. Poca cosa.

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Entonces, ¿quién es el asesino?

Las posiciones moralizantes de derecha o de izquierda sumergen al consumo en una atmósfera de ignorancia. En su versión derechista, adjudicar la tragedia de la Time Warp a las drogas es una salida hipócrita para que la fiesta siga en una tolerada prohibición. Que los empresarios recauden y el Estado haga la vista gorda sobre la salud pública, mientras consiente el negocio de los peces gordos y persigue a los consumidores. Como si faltara cinismo, las mismas drogas que se requisan en la entrada luego se venden al interior de la fiesta. Cuando no pagan peaje, los vendedores que gritan “pasti keta pasti keta” trabajan a consignación con las fuerzas del orden en todo evento masivo. Aún así, denunciar la responsabilidad del Estado y los empresarios y rechazar las políticas de información y reducción de daños implica asumir una postura abstemia ante el consumo real. Eso no alcanza para salvar vidas.

El prohibicionismo y el abstencionismo son dos formas de negar una realidad que se se prefiere callar, aunque se conoce: a nadie se le escapa que los hijos de la clase política han consumido alguna vez drogas de diseño. Ni ellos ni quienes perdieron la vida en Time Warp son víctimas de las drogas, sino de la hipocresía de una sociedad que prefiere regocijarse en su ignorancia oscurantista.

 

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2 comentarios

  1. La nota es tan mala que ponen dos párrafos seguidos iguales y ni siquiera se dan cuenta.

    Después de eso, hablan desde el desconocimiento y con claros objetivos políticos, echando culpas a unos y haciendose OLIMPICAMENTE los boludos con otros… Por ejemplo el tema de la importación de efedrina y su financiación a campañas políticas.

    Sigan agregando confusión que viene bárbaro.

  2. Además de poner 2 párrafos exactamente iguales, se apuraron en echar culpas a unos y se “olvidaron” de hablar del pequeño tema de la Ruta de la efedrina, quién la controlaba desde el Estado y cómo financió campañas políticas… Se olvidaron a propósito??

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