Transformarla, para transformarnos y transformar

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// Por Sol V. Gui – @solvewii

 

Trepé las rejas que flanquean Callao y Córdoba en dos ocasiones, y que creo que ambas se ganaron su lugar en esas páginas que tanto nos cuesta escribir. Una fue el último 3 de junio, cuando copamos el país de a millones por el #NiUnaMenos. El reclamo había desatado la indignación popular, producto de su repercusión masiva, aunque en cierto sentido vaciada. Más allá de la intervención de distintos entes representativos del patriarcado durante la convocatoria, esa fecha era, para muchos, un primer tramo en el camino a constituir un canto bélico popular contra nuestra sociedad machista.

La otra vez fue el jueves pasado, 12 de mayo. El día anterior habíamos marchado por Callao con una columna de 1500 estudiantes, padres y docentes del Nacional. Mientras los pibes cantaban “Bullrich, mi buen amigo, unificaste al movimiento educativo” con el bombo resonando contra locales semicerrados, algunos adultos miraban con reproche la falta de respeto efervescente de una juventud descarada cuando se trata de repudiar a los poderes políticos que nos atacan con todo, por donde más nos duele. Varias antorchas titilaban entre los concurrentes, y me hacían acordar a una concentración en la plaza Alsina, durante un año que no recuerdo, circa 2004, a la que me llevó mi abuela para reclamar por un pibe muerto en manos de la policía.

Entré al Buenos Aires en el 2011, luego de una lucha histórica contra las autoridades del colegio en la que la idea de la “democratización” se ganó el corazón de todos. La recuperación de la FUBA, los miles que bajaron la candidatura de Alterini, la conquista de los Consejos Resolutivos en los preuniversitarios, y una larga lista de etcéteras donde los que vieron el argentinazo con ojos adolescentes dejaron todo para escribir sus propias páginas. Esa perspectiva inundó todas las disputas que se dieron desde el 2003 a nuestra parte. Para cualquier pibe de 15 años es fácil encontrar en esos relatos gloriosos, casi románticos, la motivación para construir un colegio (o una Universidad) gobernado por los intereses de los que estudian y trabajan, y no de los de los que todos los años eligen una forma distinta de mostrarnos que lo único que les importa es atiborrarse los bolsillos con la plata de la UBA/UNLP/UNLaM [inserte su universidad pública aquí].

Esa épica alimentó durante años la fe (porque si no tuviéramos fe, de dónde comerían nuestras perspectivas) de muchos de los estudiantes que no bajamos nunca las banderas. Pero el punto, creo, es saber que la épica no es solamente algo que se estudie en Puán o se construya pateando las vallas del Rectorado de Viamonte (miércoles por medio, de marzo a diciembre, desde hace 12 años), sino que nace de todos los colegios que tomaron en 2010 y en 2012 (y 2013, y 2015), de los bachis populares que se superan día tras día y de cada movilización que inunda Corrientes en las marchas Pizzurno-Ministerio, al menos una vez al mes siempre que la calefacción no está para resguardarnos del frío de julio y tenemos miedo de que se nos caiga un techo encima mientras estudiamos sentados en el piso de un aula derruida, sin puerta y con apenas una lámpara halógena que titila sobre un pizarrón gastado (si es que lo hay).

Hablo en términos de “nosotros” porque si sos adolescente y estudiás en un secundario público, te administre quien te administre (¿no iba de lucrar la cosa?) vas a sentir la injusticia del sistema educativo como propia. Y no por una cuestión de empatía, sino porque todos los jóvenes experimentamos el mismo desamparo cuando nos toca encarar una educación que no sabemos muy bien para que está, que no nos hace enteros como ciudadanos o sujetos críticos, pero que tampoco sirve para tener un título que le interese a ningún empleador (aunque en las leyes se diga que estamos para eso). Porque vamos al colegio a adquirir conocimientos descontextualizados, desactualizados, a hacer un trámite de 5 años que no le interesa a nadie, y mientras más al sur estudiemos, vamos a convivir con más ratas/cucarachas/pulgas/¡alacranes!/plagas varias 35 horas a la semana (o más -o menos, si se superponen los horarios con el otro turno por cortesía de la señora NESC-). Peores van a ser nuestras condiciones edilicias y los insumos que nos lleguen para poder estudiar. Ni nos planteamos hablar de departamentos de orientación psicopedagógica en los colegios donde hay violencia o acoso, o abuso, o violaciones, a veces de parte misma de algunos forros que laburan ahí (son excepciones, pero no dejan de ser nombrados en las “rondas de colegios” de la Coordinadora, y muchas veces los amparan las mismas autoridades). Y nos suena lejano tener un boleto educativo para poder ir a estudiar aunque nos golpee el ajuste; o viandas sin hongos y comedores en buen estado; o directamente viandas y comedores. Tampoco es que sólo los pibes violentados tienen derecho a un DOE, porque la juventud que hoy en día asiste al secundario padece todo tipo de problemas: desde conflictos grupales hasta desórdenes alimenticios, pasando por embarazos que no pudieron ser prevenidos por los programas de educación sexual (porque no hay, no sé si hace falta aclararlo). Y si eso nos suena lejano, una pedagogía que nos haga enteros, que no reprima nuestras potencialidades individuales y colectivas, que no nos haga sentir insignificantes, de existencia indiferente, se nos vuelve utopía. Y aunque seamos chicos, tenemos los mismos problemas que todos: vamos por la calle y nos para la policía, si nos manifestamos nos reprimen, no podemos abortar pero nos puede secuestrar una red de trata, se nos niega el derecho a un consumo instituido por las redes de narcotráfico, y mil cosas más.

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Foto: Lara Otero

Me generó una sensación extraña pararme en exactamente las mismas rejas para avistar algún hueco difuminado entre la multitud. En ninguno de los casos lo pude encontrar. De punta a punta, mirara para donde mirara, el tumulto había inundado la avenida y la decoraba con banderas y pancartas de todo tipo, tiñiéndola de colores vistosos que resucitaban a los muertos de un 2001 que recuerdo más por su significancia que por acordarme de lo que pasó en las Asambleas de Parque Centenario. En ninguno de los casos fue algo totalmente predecible, luego de un historial militante de escuchar “masivo” y estimar recuentos que apenas superaban los miles.

Pero esta vez fue distinto. Un par de miércoles atrás, los vecinos del centro porteño habían escuchado a más de 5000 estudiantes y trabajadores de todos los niveles cantar “no tengo cuentas en Panamá, soy estudiante quiero el boleto ya” en una movilización coronada por un bondi de cartón de la línea 60, conducido por pibes de Filo. Veníamos de semanas de lucha docente, de cortes de calle y clases públicas masivas, de una marcha con antorchas, de 3 facultades tomadas, de una red nacional de padres preuniversitarios en defensa de la educación pública. Supimos hacer tanto ruido que los medios no pudieron archivar lo que estaba pasando en los cajones donde no entran las noticias amarillistas, los Lanatta y Lázaro Báez: que la UBA se iba a fundir en agosto, que no había plata para pagar la luz, que los docentes estaban peleando por la recomposición de su salario, que Macri dio un aumento de emergencia del 0,92%, que esto, que lo otro.

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Foto: Gabriela Duarte

Copamos las calles con la furia en la garganta porque sabemos muy bien lo que nos quieren ocultar. Que los responsables de que en el país persista el derrumbe educativo son los que desfinancian, los que arancelan, los que homologan para abajo, los que subsidian a los privados y los que se preguntan, como si fuera gracioso, para qué hay tantas Universidades públicas. Son los que nunca tuvieron que servirse de la educación del pueblo para llegar a donde están, los que la recortaron y degeneraron una y otra y otra vez, los que avalan empresas tóxicas a costa de negociados con el Consejo Superior que privan a la Universidad de su independencia científica y académica. Y es por eso que les parece tan ilógico un reclamo tan básico, que dicen que no hay crisis cuando las calles se pintan de la agonía que padece nuestro sistema educativo. ¿Y cómo no les va a sonar ilógico a los hijos de la UCA y la Di Tella, a los que se llenaron los bolsillos en los 90’, que reclamemos por algo tan simple como presupuesto y salario digno? Son los que viven a costa de que el ajuste nos aplaste a nosotros, de que no podamos pagar el bondi para ir a estudiar, de que tengamos que desertar de nuestras carreras porque el sueldo y el tiempo no alcanzan para recibirse.

 

Hacer un negocio de nuestra educación es solamente una parte de su saqueo. Nos precarizan, nos despiden, subsidian a McDonalds para generar empleos miserables, cierran nuestros centros culturales, nos niegan el derecho al aborto pero nos puede llevar una red de trata en cualquier momento, persiguen a los consumidores mientras el narcotráfico es moneda corriente, y se lavan las manos de las masacres donde se muere gente por la desidia de los gobiernos y los empresarios. Ahora nos llega la TimeWarp, pero los pibes se mueren en cualquier boliche, si no es por las condiciones que ponen en peligro sus vidas, es en manos de los patovas y de las barras bravas, si no es en una fiesta, los mata la policía a gatillo fácil, o se los lleva a la salida de un recital, o les tira balas de goma para reprimirlos cuando salen a reclamar por lo que les corresponde.

Pero las calles se llenaron de potentia transformadora, de un movimiento educativo en erupción. Movimiento educativo, esto es, todos los niveles de la educación, todos los pibes, docentes, no docentes, graduados, padres, saliendo a gritar fuerte que si la Universidad le cierra las puertas al pueblo, el pueblo las derribará. Así lo demostraron las federaciones universitarias de todo el país (desde la FUBA hasta la FUA); las coordinadoras secundarias de Capital y La Plata; los centros de estudiantes terciarios; los becarios; la visión estruendosa de todos los sindicatos docentes y no docentes marchando juntos (algo que no se veía desde el 2001), y una larga lista de etcéteras que, contrario a lo que todos esperábamos, convirtieron (convertimos) a la marcha en una jornada histórica. El centro se inundó de vida para recordarle a Macri, a Bullrich y a toda su casta de CEOs algo que se dijo alguna vez en una Asamblea Universitaria: “esta es una oferta de temporada. O se tratan los problemas que urgen en la Universidad, o el movimiento estudiantil y docente se los va a llevar puestos a todos”. Que a cada ataque vamos a encontrar nuevos aliados, vamos a unirnos cada vez más en defensa de los intereses de las comunidades educativas, porque sabemos que la estrategia de la desfinanciación para profundizar el arancelamiento de la universidad pública nunca estuvo relegada a las intenciones de las autoridades (que aprobaron todos los presupuestos miserables, aunque algunas hayan movilizado el jueves), sino que es ése es el principal objetivo que persigue este gobierno corrupto y neoliberal. Sabemos que estos reclamos no son sólo universitarios, sino que son de todos, y que es por eso que en la historia de la lucha por una educación pública, gratuita y digna se abre otra página más: la página del movimiento educativo que, unido y en las calles, va a pelear hombro con hombro por todos sus derechos, en defensa de todas sus instituciones, por construir una educación que nos enseñe a pensar y no a obedecer. Que esté al servicio de las necesidades del pueblo y de las ciencias, que bregue por su independencia y desarrollo, que es el desarrollo y la independencia de una sociedad más justa, más igualitaria. Donde todos tengamos libre acceso al aprendizaje y donde podamos constituirnos como sujetos críticos en un mundo en crisis. Para reconstruirlo y llenarlo de hombres nuevos, que sean humanos y no números, y no carne de cañón.

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Foto: Canela Luka

El punto es que la épica se construye en todos lados, cada vez que alguien lucha por poder ser joven y poder (re)crearse. Copamos las calles para enfrentarnos a un gobierno que expone abiertamente su intención de acabar con el acceso irrestricto a una educación digna. Y no pudieron hacer oídos sordos: Bullrich tuvo que responder, aunque haya sido un aumento salarial insuficiente en las paritarias docentes y una partida presupuestaria (donde se subejecutan 200 millones para los hospitales-escuela de la UBA). No nos alcanza, porque no vamos a resignar nuestro futuro tan fácil. Porque llevamos años de lucha incansable y vamos a seguir luchando siempre que un gobierno quiera arremeter contra nuestro derecho a ser jóvenes, que es el derecho a crecer y desarrollarnos libremente, a igualdad de oportunidades, a trabajar y estudiar en condiciones dignas. Y eso es algo que no se negocia. Porque no podemos permitirnos ser víctimas del conformismo, aceptar una vida que no es nuestra, porque de lo que se trata es de transformarla, para transformarnos y transformar.

El jueves sentimos orgullo, pero asumimos un desafío. El de no parar hasta que el movimiento educativo sea uno, sólido y unificado, que inunde las calles de pueblo y les muestre a los gobernantes de turno y a su coalición asquerosa que vamos a arrebatarles todo lo que nos haga falta para poder ser, en defensa de una educación pública y de nuestro derecho a juventud. Grabar las páginas de la Historia, para volverla un poco más nuestra y poder ser un poco más nosotros. Estamos vivos, llenando las calles de vida, en una lucha que vuelve a empezar.

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Un comentario

  1. Excelente nota! Producto de un pensamiento que alimenta la educación pública, no todo esta perdido. Saludos a Luis desde Santa Rosa.La Pampa

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