Brilla tu luz, pelado

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// Por Martín Cortés

 

Milagros: a veces hay. A veces las personas escapan a su trayectoria predecible, se van por el costado, huyen de los rieles marmóreos de la vida y sale algo nuevo, fugaz, rutilante, como si tuvieran urgencia por crear antes de que la vida se dé cuenta del error. Acá tenemos varias de esas historias dislocadas. Simón Radowitzky llegó al país con 17 años, en 1908, y al año siguiente ya le había volado las pelotas a Ramón Falcón. Con ello signó, a la vez, su destino y el de la naciente clase obrera argentina durante la siguiente década. Una María Eva Duarte de 25 años conoció a Perón en 1944 y, menos de 10 años después, ya estaba muerta: las pintadas por toda la ciudad mostraban que en esos 8 años había nacido un nuevo mito para los arrastrados. Hoy cumpliría 63 años otra de esas estrellas fugaces: Luca.

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La historia de Luca Prodan, ya muy conocida, es tan improbable como el Leicester campeón, pero pasó. Cuando quisiéramos explicar todo por causas duras, factores estructurales, datos concretos, un tano termina en Córdoba por haberse enamorado de una postal que le manda su amigo Timmy McKern, compañero de cursada en la aristocrática y escocesa Gordonstoun. Luca no fue el único que había quedado enganchado a la heroína. La había conocido en Londres y la trajo en sus venas junto con toneladas de música. Para la misma época Europa explotaba de yonquis y Edimburgo ya se perfilaba como la capital continental del sida. Pero Luca fue el único que cambió su vida en un segundo, mirando las sierras, imaginando un refugio, una puerta del Titanic donde flotar hasta que vinieran los botes salvadores.

El milagro no termina ahí: déjenme creer que los argentinos dominamos como nadie el don de la hospitalidad, lo familiero, los abrazos y todo eso. Eso de que un alemán te corta el teléfono si lo llamás a las 3 AM diciéndole que te estás por matar, y un argentino va corriendo. Timmy le presentó a Luca a su cuñado, Germán Daffunchio, y ahí empezó todo. De esa época quedó el disco editado póstumamente Time, fate, love, de una calidez que más tarde alcanzarían temas como Ojos de terciopelo. La cosa empezó en Córdoba y siguió en Hurlingham, en un enclave anglo en pleno conurbano donde los Sumo tocaban y grababan, pero también comían pasta los domingos, cuando Luca los llamaba a todos a la mesa con su acento tano, quizás embriagado por los olores, el calor, el humo de las ollas, la mesa incómoda de tan llena. Capaz no pasó nada de todo esto, o no fue exactamente así. No importa. Este evangelio es apócrifo, pero es el mío.

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Eso de Sumo hacia adentro. De Sumo hacia afuera, otro trecho, más conocido, más agigantado. Dicen que los Sumo le mostraban a Luca disco tras disco de rock nacional, orgullosos de la originalidad de la escena, y el pelado puto les decía que sonaba igual a quién sabe qué disco editado en Londres diez años antes. Luca trajo, como dijimos, una metralla de música escuchada, procesada y asimilada que iba de Joy Division al punk más puro y del reggae oscuro, pastoso de los inmigrantes jamaiquinos al funk que ya despuntaba. Luca se lo trajo todo y le puso pimienta criolla. Se reía en sus canciones de las cosas que le resultaban graciosas en nuestro idioma: “Cucurucho” en Debedé o “Soltate con Wellapon soltate” en Heroína. Pero también sabía que acá se cocía algo distinto, que acá se podía tomar una ginebra con gente despierta, y que ésa sí que es argentina. La de Luca y Argentina fue una relación de amor de las que suelen triunfar. Eran dos, tan lejos pero tan cerca sin saberlo, hasta que una casualidad hizo el trabajo. Así obra el milagro.

Queda por hacerse una evaluación real del impacto de Sumo en la escena de su época. Aunque hoy Sumo sea la banda sonora de esos ochenta gloriosos del destape, si todos los que dicen que vieron y escucharon a Sumo realmente lo hicieron, la banda tendría que haber tocado en River y vender un millón de discos, algo que no pasó. Los testimonios que he recabado de la época coinciden en algo: eran raros, hacían una música rara que no conocíamos mucho, pero llamaban la atención. Y Luca era al parecer un personaje, bastante denso, medio goma incluso, pero un tipo magnético, capaz de parar luchadores de sumo en un show o de hacer entrar a su mozo preferido, el del bar de Humahuaca y Gallo, a servirle un drink. Que un tano se pusiera enfrente de esos monstruos y tocara sus temas era algo digno de ver. Un milagro ocurriendo en las narices de todos.

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La distancia nos quita algunas precisiones, pero nos da otras. Hoy, 30 años después, Sumo no es una banda de culto, una curiosidad de discos inhallables y anécdotas subterráneas. Sumo pertenece, y con justicia, al panteón nacional en sus primeros puestos. Como los archirrivales Góngora y Quevedo en el siglo de oro español, el enfrentamiento con los chetitos de Soda (antes de que los Redondos tomaran esa posta en los 90) no hacía más que alimentar y engrandecer a la escena, porque en un mismo fin de semana podían coincidir ambas bandas. Y estaban también los Abuelos, y los Cadillacs, y Virus, y Charly, y el Flaco, y todos los demás. Luca es uno más de ellos, el tano más argentino, y no por ponerse la camiseta de la selección y agitar una bandera, sino por tomar ginebra en los bares del Abasto. Pelado querido, brillando donde estés, esperamos otro como vos pero sabemos que no va a venir. Sos un milagro, fuiste un milagro, nuestro milagro. Feliz cumpleaños.

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Un comentario

  1. Hola, Me gustó mucho tu post!

    Soy fan de Sumo y acá en Chile no sonaron tanto como otros grupos. Tengo 40 y tuve la suerte de conocer el rock latino de los 80 al momento de su creación. Hace unos 5 años atrás ví un documental de VH1 donde conocí la historia del grupo y de Luca y me dí cuenta de la importancia de su legado en el rock latino. Desde ahí nunca los he dejado de escuchar.

    Saludos!

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