Five O’Clock Rivotril en Arenales y Libertad

rivotril time

// Por Numa Bianchetti

 

 

A las tres de la tarde suena el teléfono de casa.

-Buenas tardes, llamaba para preguntarle por qué no vino esta mañana a las nueve, como habíamos quedado ayer. Es por libros que tengo para vender.

Lo primero que pienso es que la mujer que me increpa del otro lado del tubo confundió mi número con el de otro librero. Le sugiero esa posibilidad. Dice que está segura de haber hablado conmigo. Afirmo que es la primera vez que hablo con ella en mi vida; retruca con astucia, dolida, que estuvo toda la mañana esperándome.

Para salir de la situación le pregunto dónde vive. Arenales y Libertad. Por la zona me interesa. Puede haber buenos libros. Le propongo pasar por su casa en dos horas. Acepta, incluso coquetea un poco.

-Perfecto, lo espero a las cinco para tomar el té. A las cinco tengo que tomar mi medicación.

Después de un rato de estar puliendo mentalmente el escenario que intuyo, lleno la mochila con bolsas de consorcio, hundo por varios minutos la cabeza en un tacho con cubos de hielo y salgo para allá.

Recoleta es un mundillo adorable. Se puede captar con bastante exactitud su esencia en el subsuelo de una librería del barrio, a la que voy con frecuencia a revisar estantes y bateas, y a ejercer de paso un espionaje modesto. Estando ahí abajo, muchas veces escuché conversar al dueño del local con amigos y clientes.

Recuerdo algunas de esas charlas mientras voy por Arenales, sorteando sin rencor caniches, cupcakes, boutiques, mucho verde inglés y estragos de cama solar. Los porteros de la zona parecen menos conflictuados que en otras latitudes y aceptan con naturalidad su rol de lacayos; barren con diligencia, abren puertas a señoras con sonrisa rutilante y parecen trabajar incluso con orgullo.

Por regla general, los lugareños que tuve oportunidad de escuchar en esa librería suelen estar siempre recién llegados o por salir de viaje.

“Yo prefería Bahamas, pero a mi marido siempre le gustó el safari, así que otra vez tocó África”.

Tienen hijos, primos o sobrinos con pisos en Londres o Nueva York, los van a visitar en julio, a lo mejor en agosto: “Son las inundaciones en nuestro campo, están retrasándolo todo. Es terrible”.

También vienen a jactarse con excitación de sus negocios; reflexionan para sí mismos en voz alta frente a la mirada adormecida del librero, que tiene una estampita deprimente y curiosamente anacrónica de Juan Pablo II en el escritorio, acude con regularidad y desgano a cócteles en embajadas, ama los libros y hace su trabajo con pasión y nobleza.

“La comisión fue de cien mil dólares de una de las partes, cien mil de la otra. Lo único que hice fue contactarlas entre sí”, exclama muy cachondo un arquitecto cincuentón, mientras hurgo abajo, entre libros. Más adelante la charla toca las fiestas electrónicas; el arquitecto se lamenta, con ardor: “¿Vos viste cómo salen las pendejas de las fiestas? Cualquier cosa les podés hacer”.

Antes de tocar el timbre en el edificio Arenales, me viene a la memoria, también, una anécdota: otro librero de la zona solía organizar y presidir lo que él mismo bautizó pomposamente “el chocolate de los jueves”: reuniones sociales exclusivas para viudas, en las que todos charlaban y fraternizaban amenamente, y que por asociación me remiten al clima del Bebé de Rosemary, y también a una escena de Midnight Cowboy. Con el paso del tiempo, el librero fue comprando sucesivamente todas las bibliotecas de las señoras del grupito. Porque antes (ahora ya no tanto) tener una biblioteca, retratos al óleo de los ascendentes y un piano Steinway eran requisitos tácitos para pertenecer.

Me hacen pasar por el portero eléctrico; estoy por visitar a una viuda, lo sé porque me lo dijo por teléfono; quizá no haya chocolate, pero hay té con rivotril. Por algo se empieza.

Me abren. En la puerta del departamento hay un relieve en madera que reza: “Señor, bendice esta casa y a todos lo que a ella entran”.

Saludo con igual deferencia tanto a la señora, Susana, como a la evidente mucama, que teje en un rincón y parece no tener nombre.

Me presento con dificultad, porque Susana oye mal, como si estuviera más lejos de lo que en realidad está, y también porque me distrae el manchón de labial rosa corrido que tiene en las comisuras de la boca. Tiene la piel seca, se frota las manos con reblandecida incertidumbre y los labios son dos tiritas siempre fruncidas por un pesar vago; una nube vacua la oprime constantemente, ella no la puede ver de frente.

En la calle hace frío, pero el ambiente adentro es templado, casi caluroso. Mientras hablamos, de repente me toma las manos y las aprieta entre las suyas, me mira fijamente a los ojos y me pregunta: “Sentí, ¿verdad que estoy fría?”. (A lo largo de la visita va a repetir esta pintoresca operación varias veces más; va a insistir con desamparo en su preocupación por el frío que hace en su casa y a preguntarme más de una vez si de casualidad no sé arreglar aires acondicionados, porque el suyo evidentemente está roto, no calienta).

Todo está muy limpio y huele muy bien, pero siento que el tiempo está detenido y la fachada no me engaña; ya he visto en otras visitas similares (sólo que más inmediatamente sórdidas, por decirlo así) la verdadera cara que subyace a lo que estoy presenciando, y sé que en el fondo son otras las superficies y los olores.

Una pava silba en la cocina, van a ofrecerme algo muy especial.

-Justo para el té llegó. Y para mi medicación –dice Susana, aplasta un pucho en el cementerio de colillas chuecas y desencadena los dedos, que en ese momento parecen la parte más vigorosa y erotizada de su cuerpo, en la cajita de la medicación.- Preparanos un Earl Grey.

Caramba, nunca pensé que alguna vez iba a probar el té de Santos, y menos que iba a ser en una circunstancia como esta.

La mucama vuelve con una bandeja bien pituca, pero yo no sé de vajilla ni me interesa. Aunque recuerdo con cariño a Santos diciendo que, existiendo la porcelana, otras formas de cerámica son insoportables. El té es en verdad muy bueno. No me convida una pastilla, pero entiendo que no es descortesía, y que su amor es solitario y celoso.

Cuando concluye el devoto ritual de la falopa (sospecho que se acerca el momento más feliz del día) Susana me muestra los libros. Hay en estantes y en cajas. Los tiene que vender porque se muda, la casa es muy grande y la entristecen tantos cuartos vacíos. Todo lo que dice parece venir disuelto y blando, y habla de sus inquietudes como si no la incumbieran realmente.

Le digo que me dé un rato y me pongo a revolver. Ya los espacios vacíos en los estantes me habían prevenido de lo que confirmo después de quince minutos: la biblioteca ya fue expurgada, por acá ya pasó algún otro cartonero VIP como yo, no me lo dijeron desde el principio y tendrían que haberlo hecho. No vale la pena seguir.

Vuelvo al comedor, donde la mucama teje y conduce con desdén, punto a punto, los desvaríos reiterativos de la dopada niña anciana.

No me amargo; pienso que si no hubiera venido me habría perdido toda esta experiencia, que de otra forma difícilmente hubiera podido vivir.

Explico con gentileza que los libros que quedaron son para donar y que ningún librero compraría nada. Susana me dice que soy el cuarto tendero que va. Sonrío sin reproche; conjeturo que le faltan recursos para lidiar con un problema que ella misma parece haberse inventado para ir tirando.

-El último que vino me dijo que no le interesaban los libros, pero que sí quería comprarme el Ducmelic –me dice, y señala un cuadro en una de las paredes.

Me acerco para verlo mejor; no lo había notado al principio. Pregunto si es original; Susana se ofende suavemente.

-Por supuesto que es original. Ese cuadro lo compré en San Francisco, en el uno a uno. Cinco mil dólares. Y yo le dije al hombre este que lo quiere: yo se lo vendo, sí, si usted me da lo que vale: cinco mil dólares.

La mucama es maciza; no suspira; clava con dureza las agujas en la pelota de lana y se levanta para retirar la bandeja del té. Por el acento sé que es paraguaya.

La charla con Susana deriva a las antigüedades y siento los resabios amortiguados de su pasión frenética, ciega y alocada por los objetos. Va a buscar un libro que tiene guardado en otra habitación; me lo enseña, antes que nada me dice que vale diez mil dólares. Es un libro hermoso del año 1840, con muchos grabados de insectos pintados a mano con oficio, delicadeza y buen gusto. No sé si vale tanto como ella dice, pero supongo que es lo que le cobraron en su momento.

Pregunto a Susana si tiene un interés particular en la entomología y niega, confundida por mi pregunta.

Me dice también que antes tenía muchas más antigüedades. Por proximidad conozco algo el rubro. Sé que tanto en los locales como en las casas de subastas no son infrecuentes las visitas de aristócratas drogados o escabiados, ansiosos de emociones fuertes.

Antes de terminar el relato de la visita, una pequeña digresión con respecto a esto último.

Dos rusos, una pareja joven de nuevos ricos, llegan a un local de antigüedades en San Telmo. Paran en el Sheraton. Son las cuatro de la tarde; la mujer toma whisky desastrosamente y se pasea entre reliquias, muchas falsificadas. El paseo de compras parece ser la continuación de una larga guerra marital. La mujer selecciona un objeto pequeño, con un esmaltado delicioso. “¿Para qué”, pregunta el marido, por defecto reticente. “No sé, es lindo, lo voy a usar de azucarera”, responde ella dando un trago. “Dos mil dólares”, dice el anticuario. “¿Y esto qué es?, me gusta, lo llevo también”. Al volver del viaje, seguramente organizarán una reunión para las amistades, donde exhibirán el botín con un orgullo sosegado.

Recuerdo esta historia y pienso que podría encajar sin dificultad en el pasado de Susana.

-Cuando murió mi marido, todas sus mujercitas tenían llave de nuestros otros departamentos, y todas las cosas que yo tenía desaparecieron –sigue Susana.

Lo dice inexpresiva y apática, sin enojo manifiesto. Creo que ya se está alejando, no tiene ganas de decir mucho más; con seguridad prefiere mirar la tarde caer desde el sofá, agradablemente entumecida, a continuar la conversación.

Lamento consternado la pérdida de sus objetos tan queridos y comento amistosamente, con un eufemismo, que el té estuvo muy rico y que es una pena que se terminara.

La visita concluye; Susana se repliega despacio y, antes de que me vaya, ya aislada, apaga en el cenicero el último pucho y el interés lánguido que sintió por mí, por la vida y sus vaivenes.

Le doy un beso a la mucama. Susana me acompaña ingrávida hasta la puerta para despedirme.

Desde su silla y su labor, mientras salgo, la mucama, súbitamente insurrecta, se disculpa en nombre de la señora, con voz fuerte y clara:

-Muchas gracias por su visita, y perdón por haberlo hecho venir.

 

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