Decí lo que quieras, Marito

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// Por Lola Castets

 

En la última materia de la carrera de Letras, un profesor nos dijo que no teníamos que laburar con lo que amábamos porque nos íbamos a arruinar para siempre. Pobre tipo, él no sabía que lo que uno ama ya nos arruina de antemano, y que la carrera no abunda en fanatismos sino en desilusiones. Autores que se dan por leídos y que exigen una ficción, un asentimiento generalizado por parte de los alumnos.

Ahora bien, en este magma turbulento de lecturas equivocadas, sufridas y sobrevaloradas,  las contingencias académicas me encontraron leyendo la que era mi novela preferida antes de pisar el piso de Puan: Conversación en ‘La Catedral’, de Mario Vargas Llosa. La historia privada como la historia de un país, “¿en qué momento se había jodido el Perú?” se pregunta Santiago Zavala (¿o el narrador?). Dice Perú, que es decir yo, es también decir América Latina, los sesenta: la novela es un texto que vive en carne propia y anticipa los fracasos de los procesos revolucionarios que cruzaron el continente en la década siguiente. Zavalita se jodió, sí, como nos jode(re)mos todos; la incógnita recorre la novela, va y vuelve, reaparece: es una excusa para exhibir las relaciones de opresión y de poder. Lo más doloroso es, sin embargo, no poder ser protagonista del fracaso: “… todas las cosas que me han pasado. No las he hecho por mí. Ellas me hicieron a mí, mas bien”. Es en esta decadencia indefinida radica la grandeza la novela; Zavalita no puede identificar un punto de quiebre porque siempre la debacle -personal, histórica, patriótica- está hecha de pequeñas cosas. Es dejar de esperar cosas formidables, ya “nunca más esa exaltación, esa generosidad” de los veinte.

garcia marquez trompada
Vargas Llosa le gana por knock out

Dice Leonardo Padura que, aunque Vargas Llosa sea de derecha, sus novelas son de izquierda. Y suspiro aliviada, porque me da un poco de vergüenza amar tanto algo que me hace mal. Y después dice Vargas Llosa que la gente se encuentra excusándose cuando disfruta de su lectura, ya que es siempre un “me gusta a pesar de que, aunque…”. En este 2016 país mágico, ciudad de Buenos Aires, nos viene a visitar nuevamente, para hablar de todo lo que se le da la gana y también, con la excusa de presentar su último libro, a saludar al nuevo gobierno argentino, salud, sus amigos personales y referentes políticos. Viene, y me torturo: “el peronismo es una plaga, la tragedia de la Argentina” me repite. “Las ideas novedosas y modernas de Macri se oponen al peronismo populista que empobreció al país” dijo antes de la segunda vuelta del horror, que jamás podré superar. Scioli es para mí lo que los penales contra Holanda del Mundial 2014 son para otros. Qué hago yo con todo eso. Caigo en el inevitable lugar común de no mezclar ética y estética. Pero es que Marito tiene siempre tantas ganas de hablar. Si tan sólo fuera discreto, y no lo dijera. Yo sabría que está ahí, pero por qué todo tiene que ser tan explícito. Cada declaración es un límite arrojado al vacío, es ver hasta dónde llega esta vez, ¿es capaz de decir eso? ¿realmente dijo eso? ¿Cómo fue que dijo eso? Tal vez es como el amor mismo, ¿no?

En ese momento, vuelvo. Vuelvo a él, a sus textos. “Y toda la vida queriendo creer en algo (…). Y toda la vida mentira, no creo” dice Zavalita. Levanto la cabeza del libro, pierdo la mirada en el horizonte próximo, lloro en público, me rompo la cabeza: la escena de lectura se repite en el colectivo sentada, parada, se la leo a mis amigos, me la escribo como recordatorio en el escritorio, es mi frase de Whatsapp, la recito en mi casa, por la calle, en una fiesta, en Navidad. Y ahí creo, me parece, que entiendo: la literatura es social porque es un arma, una contienda de la que no se puede salir inmune. Y qué me importan Macri y Antonia, la Preysler y el liberalismo, si cuando vuelvo al libro salgo destrozada, del miedo de no poder y querer, o, peor aún, de no querer y poder. “Piensa: eras, eres, serás, morirás un pequeño burgués. ¿Las mamaderas, el colegio, la familia, el barrio fueron más fuertes?, piensa.” En ese gesto terrible me re-cuerdo, me defino por sus palabras: “Un remolino interior, una efervescencia en el corazón del corazón”. Chau, dejame tranquila sin culpa ni remordimiento, escucharé tranquila tus alabanzas al macrismo porque tus declaraciones políticas no conmueven ni son referencia de nadie que te haya leído de verdad. Marito, decí lo que quieras, que yo me guío por tu poética y así voy a llegar a buen puerto.

vargas llosa preysler

 

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