Los empresarios PRO rezan por el evangelio del self – made man

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El gobierno organizó una charla para explicar a sus funcionarios “qué es la pobreza”. Contradicciones entre la prédica de la cultura del esfuerzo y la práctica del empresariado nacional devenido en personal de Estado.

 

// Por Rodrigo Espera

Son las ocho de la mañana del miércoles 20 de abril y las puertas del Centro Cultural Kirchner están abiertas para los ministros de Macri y Vidal y para una multitud de secretarios y asesores del PRO que fueron convocados a una “reunión de gabinete ampliado”. Los funcionarios se mueven con soltura por los pasillos del centro cultural más grande de Latinoamérica, ya lo habían conocido en ocasión de los agasajos al presidente de los Estados Unidos y al de Francia. Otro grupo más selecto había sido convocado una semana antes para una reunión de gabinete más reducida en la cúpula vidriada del edificio. Conforman así el exclusivo del 0,0005% de la población que tiene acceso al CCK, desde que en diciembre de 2015 su interventor anunciara el despido de 600 trabajadores, la suspensión de su programación y la clausura del edificio, ahora devenido en el salón de eventos más costoso del continente.

Los funcionarios ocupan las 500 butacas de la Sala Argentina para escuchar los discursos motivacionales de los dirigentes del PRO. A esta hora de la mañana, indudablemente el salón reúne la mayor concentración de titulares de empresas en Panamá por metro cuadrado del país. Sin embargo, el PRO da muestras de amplitud y el guión de la conferencia también incluye las palabras de dirigentes sociales de laxa adscripción al partido, quienes por el momento no detentan inversiones en países con normativas fiscales libertinas­. Hablan el Toty Flores – militante matancero que acompaña a Lilita Carrió en sus excursiones por la Provincia de Buenos Aires -, Margarita Barrientos – administradora del comedor Los Piletones – y la sorpresa del evento, el experto en pobreza Daniel Cerezo.

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Cerezo tuvo una infancia complicada. Trabajó desde los cinco años. Huérfano de su padre, vivió con su madre y sus cinco hermanos en la villa La Cava. Pero salió adelante. Se acercó al centro comunitario donde aprendió música, dio clases a sus vecinos y pasó a coordinar las actividades del centro cultural. Estudió Psicología Social. Se convirtió en un modelo de éxito, en la prueba viviente de que se puede superar la pobreza a través del esfuerzo personal. Dio charlas y lo escucharon muchos empresarios. Un fabricante de alpargatas lo contrató como Gerente de Cultura y Felicidad y durante tres años fue el responsable de transmitir los valores positivos de la empresa a la plantilla de empleados, hasta que ese trabajo le quedó chico. Cerezo abrió su propia consultora, Creer Hacer, a través de la cual forjó alianzas con compañías de primera línea: IDEA, Telecom, Molinos, Farmacity, Swiss Medical, Nordelta, DirecTV, PriceWaterHouse & Co,  entre varias de las firmas que pagaron por sus conferencias. En esas charlas Cerezo conoció a algunos de los empresarios que hoy continúan sus carreras como funcionarios del Estado Nacional. De pocos puede decirse que sus exitosas carreras hayan sido fruto del esfuerzo que Cerezo predica.

Haz lo que yo digo, no lo que yo hago

En las primeras filas del evento se encuentra Mario Quintana, coordinador del gabinete económico de Macri. Quintana­ ya conocía al “gurú de la pobreza”, lo había contratado a través de Farmacity, la cadena de farmacias que más denuncias por precarización laboral ha enfrentado, por empleos fuera de convenio colectivo, horas extras no liquidadas y jornadas de trabajo de hasta 16hs. Farmacity es la nave insignia del fondo Pegasus, un grupo a través del cual Quintana y sus socios incursionaron después de 2001 en un raid de compras de empresas en emergencia financiera, como Aroma (2005) y Freddo (2004). La feria americana de entidades quebradas ofrecía por entonces una perspectiva más alentadora que el financiamiento de las operaciones de sus propias empresas, como la cadena de supermercados Eki, que Quintana llevó a la quiebra con un saldo de 2300 despidos, en asociación con el actual nro. 2 de la Jefatura de Gabinete de Ministros, Gustavo Lopetegui.

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Mejor suerte ha tenido Quintana al asociarse con los hermanos Gorodisch, quienes aportaron el capital inicial para el fondo Pegasus con el producido de la venta del Banco de Crédito Argentino (BCI) al Banco Francés (hoy BBVA), concretada en 1997 por 400 millones de dólares. El paterfamilias Salvador Gorodisch había adquirido el BCI gracias a redescuentos y condonaciones de deudas por multas que el Banco Central gentilmente le concedió en 1986. Años después, los Gorodisch invirtieron ese capital bajo el consejo de Mario Quintana.

Alentados por el éxito con las apuestas sobre saldos de empresas, en 2009, los inversores de Pegasus se asociaron con el Grupo Galicia para comprar la filial argentina de AIG, el gigante de los seguros que quebró en plena crisis financiera internacional. Así fue como Quintana se convirtió en accionista de Efectivo Sí, una financiera que cobra tasas mayores al 100% anual a los pobres que no pueden acceder al crédito bancario. Negocio redondo: te presto para que me compres. Uno de los sellos distintivos del consumo popular de la última década fue la compra de electrodomésticos, destino de una buena parte de esos préstamos usurarios. Quintana y sus socios habían comprado en 2003 la disquería Musimundo, prácticamente quebrada, y la convirtieron en un retailer de electrónica de precios altos que mantuvieron en su cartera de fluctuantes inversiones durante casi diez años.

Entre los proveedores de Quintana en sus años como revendedor en Musimundo se destaca la firma Mirgor SA., que ostenta las licencias locales para la fabricación y el ensamble de productos Whirlpool, Carrier, LG, Nokia y Samsung. Beneficiada por la restricción a las importaciones, Mirgor se convirtió en la última década en uno de los negocios estrella de sus dueños, el clan Caputo. ¿Mérito de la década ganada? El negocio del consumo opacó la más tradicional empresa de la obra pública, origen de la fortuna familiar. Durante los ocho años en que Macri gobernó la Ciudad de Buenos Aires, la firma SES SA (propiedad de Caputo) ejecutó obras por apenas $1400 millones, mientras que Mirgor recaudó del Estado $5587 millones en concepto de beneficios fiscales, que reportaron ganancias limpias por $1230 millones para sus accionistas.

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Desde el triunfo de Cambiemos en las elecciones presidenciales, la perspectiva futura se ha revertido a las formas más tradicionales de negocio. En la Bolsa de Buenos Aires, los papeles de Grupo Caputo han incrementado su cotización en un 465%, mientras que los de Mirgor sólo crecieron un 196% (Abril 2016 vs. Diciembre 2015). En el mercado de valores se advierte que los Caputo tienen olfato para identificar buenas oportunidades de negocio y reconvertir su capital. Antes de volverse una ensambladora de electrodomésticos caros, Mirgor había sido creada en 1983 como una empresa autopartista destinada a proveer sistemas de aire acondicionado a los autos de la firma SEVEL. Por eso quien fundó la empresa junto a Nicky Caputo fue su viejo compañero de estudios en el colegio Cardenal Newman, el presidente Mauricio Macri, quien por entonces era presidente de la licenciataria de Fiat y Peugeot en la Argentina.

Macri se mantuvo como socio de Mirgor hasta 1994, cuando vendió su parte de la empresa a Caputo. Para orgullo de su padre, un año antes había diseñado una exitosa operatoria de maximización del beneficio. Sevel Argentina vendía a Sevel Uruguay piezas de automóviles, que luego reingresaban al país al ser compradas por una firma controlada de Sevel Argentina. Por el cobro de reintegros del Estado Nacional a estas falsas importaciones y exportaciones, la empresa del actual presidente embolsó 7 millones de dólares, a los cuales se suma la evasión de impuestos por otros 55 millones.

Acaso sea un vuelto, en comparación con las fastuosas licitaciones que el Grupo Macri se cansó de obtener como adjudicatario predilecto de la última dictadura militar y del régimen menemista. Primero ganaron como constructores, con alrededor de 10.000 km de rutas, edificios públicos, obras portuarias y pestilentes obras cloacales; luego, como beneficiarios de las privatizaciones: el correo, los peajes en rutas y autopistas y la recolección de residuos. La diversidad de actividades no impide hallar un denominador común en todo lo que los Macri han hecho bien. Sus negocios siempre tuvieron el reaseguro del Estado. El patrón se repite incluso en una empresa “de riesgo” como la fabricación de automóviles, que además de los beneficios fiscales a diestra y siniestra fue objeto de un piadoso saneamiento financiero, cuando en 1982 el Estado expropió la deuda de 180 millones de dólares del Grupo Macri y la canjeó por bonos en moneda nacional a un 10% de su valor.

Perdona nuestros pecados

La pasión por hacer negocios a costa del Estado tiene raíces profundas que llegan hasta la actualidad. Entre los asistentes a la conferencia del CCK se encuentra una buena parte de quienes compraron dólares a futuro, que el actual gobierno pagó luego de violar sus promesas de campaña y devaluar el peso.  Se destacan, una vez más, el Grupo Macri – Socma, con compras por 8 milllones de dólares, el Grupo Caputo por 3,56 millones de dólares y el Fondo Pegasus administrado por Quintana, con 1,48 millones de dólares.

Pero Quintana puede olvidar temporariamente las repercusiones de su nombre mientras se sumerge en la prédica emotiva de Cerezo, el pobre ejemplar, el villero devenido en gerente.

Desde su butaca en el CCK, Quintana se conmueve con las palabras del mentor emocional. Le recuerda su experiencia en Ciudad Oculta, cuando combinaba esforzadamente su militancia social-cristiana con los estudios de Economía en la UBA y un trabajo de oficina en la empresa Siemens. Hasta que se convirtió en padre a los 22 años y trocó el culto a la caridad por el culto al dinero, con el declarado objetivo de “convertirse en el Gordon Gekko del subdesarrollo”. Desde entonces integra la legión de aves de rapiña que ha hecho del Estado la fuente de su acumulación originaria, el grado cero de su carrera empresarial, una tropilla que ha vuelto, desde el otro lado del mostrador, a ese Estado que nunca le ha sido ajeno.

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La prédica de Cerezo es tranquilizadora. El pobre ejemplar cuenta la historia de sus privaciones y detalla sus esfuerzos por ascender socialmente con la exclusiva ayuda del voluntariado, en un discurso que parece describir una sociedad sin Estado (no sólo sin un Estado populista que otorgue derechos, también sin un Estado neoliberal que los quite). El clímax del relato llega con su hit: “¿Qué es la pobreza? – se pregunta Cerezo – La pobreza poco tiene que ver con lo económico, tiene que ver con lo que hacés vos para proyectar tu proyecto de vida”. Si se puede salir de pobre con el esfuerzo individual, el corolario parece sugerir que son los propios pobres quienes tienen la culpa de serlo, por no haber hecho lo suficiente por superarse. Los millonarios asienten con la cabeza desde sus butacas. El mito del self – made man lava las culpas del pecado original de su expoliación al Estado y disuelve el recuerdo de empresas quebradas, deudas estatizadas, evasiones fiscales, licitaciones amañadas y obras con exceso de facturación. Cerezo, entre lágrimas, llama a erradicar la pobreza con sueños y esperanzas. El auditorio lo aplaude con fervor.

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