Alfonso el Sabio y la vaselina financiera

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// Por Antonio Fargas

 

En el debate bizantino (y ya saldado, más allá de aleteos en el recinto) sobre los #FondosBuitre queda un actor por escrutar: son los “facilitadores”, agentes que hacen fluir el dinero al maná de la super rentabilidad artificial. Una pieza clave del sistema financiero. Porque, en serio, ¿quién le dijo a Paul Singer que existía un país llamado Argentina con bonos baratitos? ¿quién se enteró y lo llamó por celular, quién se sentó en su oficina a explicarle?

Al negocio de la “facilitación”, a ese grupo que funciona como la vaselina que aceita la máquina financiera y hemos visto caricaturizado en El lobo de Wall Street, pertenece el actual ministro de Hacienda y Finanzas, Alfonso Prat Gay. Alfonso el Sabio fue el apoderado de la fortuna Fortabat, y tal fue la cercanía con la familia que hasta tuvo el honor de cargar el cajón de Amalita hasta el mausoleo familiar de la Recoleta en 2012. Detengámonos, pues, en Alfonso y su gremio, un grupo que trabaja en las sombras y, aunque no negocie paritarias, se lleva gran tajada.

Plata dulce para todos

El punto cero del sistema financiero es alguien que tiene un montón de plata (pero un montón) y busca los mejores mecanismos para tener mucha (mucha) más. En teoría el sistema nació con el objetivo virtuoso de multiplicar la cantidad de dinero circulante para poder hacer más cosas en menos tiempo. Se podían levantar puentes y vías, construir trenes y barcos, montar grandes negocios, todo eso sin necesitar del capital en el bolsillo: para eso estaban los bancos.

Ésa fue la gran promesa del capitalismo a mediados del siglo XIX, pero enseguida la ilusión se vino abajo. Lenin le puso fecha: 1876, el año en que mamá banco y papá industria (los roles pueden cambiar) dieron a luz a un monstruo voraz, ávido de riqueza pero medio vagoneta, brazo del imperio pero, sobre todo, dueño de unos gigantes pies de barro que suelen mojarse en la tempestad

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Así se armó un bulto gigantesco que adentro, decían, estaba lleno de billetes pero que al tocarlo se sentía como una bolsa gigante de aire. Docenas de ceros movidas de un banco a otro, de un país a otro, apretando botones. Plata que no existe y produce más plata. Plata que le debemos a un tipo que nadie vio nunca, que no le preocupa perder cien palos en una tarde porque a la mañana siguiente gana doscientos, sentado en su escritorio. Plata que es un fabuloso instrumento para domar voluntades en el tercer mundo, por supuesto. Pero aún así: ¿quién le avisó a Paul Singer de nuestros bonos?

La gloriosa jotapé

Alfonso Prat Gay, economista de la Universidad Católica Argentina, se fue en 1992 a Estados Unidos, donde Pennsylvania lo esperaba con una maestría. En 1994 llegó a JP Morgan como jefe de “Investigaciones económicas” (?), hasta que en 1999 la empresa lo mandó a Londres a trabajar especializado en monedas y tipo de cambio.

¿Pero exactamente a qué se dedica JP Morgan? Según JP Morgan, ofrece “asesoramiento y soluciones estratégicos, que incluyen la concentración de capitales, la gestión de riesgos y la financiación de operaciones comerciales para corporaciones, instituciones y gobiernos”, respaldado por “unos servicios de inversión, ejecución, analítica e investigación líderes en el mercado”. Para la banca privada ofrecen “servicios de inversiones, liquidez, administración de crédito y planificación tributaria e inmobiliaria”.

Un ejemplo práctico de todo esto se desplegó a comienzos del siglo XXI, cuando JP Morgan otorgó (o recomendó otorgar) créditos inmobiliarios baratos a familias pobres (es decir, dinero que en rigor no existía) que llevaron a la crisis de 2008 y a embargos millonarios a esas mismas familias. Vos otorgá los créditos, parecen haberle dicho a sus clientes, los bancos. Vos otorgalos, que los platos rotos los pagará otro. Eso es un servicio financiero. Otro podría ser indicarle a jubilados argentinos millonarios que compren deuda de su propio país para deleite de sus descendientes.

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Pero todo eso fue después, Alfonso no tuvo nada que ver. Él volvió al país en 2001 con dos hijos estadounidenses y, gracias a su experiencia, pudo sacar de circulación las cuasi monedas que las provincias argentinas y el estado nacional emitieron ante la imposibilidad de emitir pesos por mandato de la Ley de Convertibilidad. Hoy, con Alfonso en el super Ministerio de Hacienda y Finanzas, los pasillos de Balcarce 186 rebosan de gente con experiencia en el tema que viene de JP Morgan y decidieron quedarse a dar una mano.

Alfonso es la cúspide visible del sistema financiero a cargo del manejo económico del país, un manejo que debería basarse en bancos prestando dinero real a fábricas reales que producen cosas reales, pero que está a cargo de un funcionario que dicta políticas de empleo (“la grasa militante”) y cuya opinión sobre la convertibilidad no está del todo clara, según el mismísimo Domingo Cavallo (http://goo.gl/MwCGNb).

Aunque hoy se encuentre del otro lado del mostrador, Alfonso se muestra desde hace años muy ducho en malabares con fajos verdes: siguiendo la lista de Hervé Falciani, las investigaciones de la Unidad de Información Financiera, actualmente desguazada por el gobierno, mostró, como dijimos, que Prat Gay es el apoderado de la cuenta de María Amalia Sara Lacroze de Fortabat y su nieta Amalia Adriana Amoedo. Esta cuenta, no del todo legal según venían mostrando las investigaciones de la Corte Suprema, está guardada en la filial suiza del HSBC, un banco creado en 1865 en Hong Kong con la fortuna amasada tras la Guerra del Opio y acusado por el Senado estadounidense en 2012 de lavar dinero de organizaciones criminales de todo el mundo, incluyendo narcos mexicanos. Alfonso se defendió diciendo que la cuenta no era suya, que él sólo era el apoderado: entendamos, él sólo movía de aquí para allá los ceros de la Fortabat, en busca de horizontes más rentables. Exactamente lo mismo que hacen los que avivaron a Paul Singer de comprar deuda argentina.

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