Los buitres abrevan donde las aguas se dividen

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Una discusión para quienes discutieron hasta cansarse.

// Por Ulises Galecki

¿Qué puede decirse sobre los buitres que no haya sido dicho ya? Ante el encargo de escribir sobre el tema, se plantean diversos órdenes de la cuestión y cada uno de ellos revela posiciones antagónicas: a favor o en contra del acuerdo que obligará a la Argentina a pagar 12.500 millones a los bonistas carroñeros.

Acaso el primer orden, de índole fáctica, sea el que presente mayor consenso. La historia reciente de esta deuda es de público conocimiento y las diferencias en la jerarquía de ciertos eventos son muy sutiles: están quienes priorizan los fallos del Tribunal de Bélgica para el pago de los bonos Ley Europea, la Resolución de la ONU sobre deudas soberanas o la evolución de la cotización de los bonos en litigio hasta una cotización sobre la par (versión vamos ganando); desde otra perspectiva, hay una agenda mediática y política que resalta los fallos del Tribunal de NYC que impiden el pago de los bonos bajo su jurisdicción, la fallida presentación de Estados Unidos como amicus curiae ante el juez Griesa y la prima de riesgo de default con la cual el mercado internacional de deuda recarga a la Argentina, sus provincias y sus empresas privadas, por su desacato a la orden de pago (versión vamos perdiendo). La reconstrucción minuciosa de los eventos será el producto que vencedores y vencidos ofrecerán a los anales de la Historia. En los aspectos centrales de los acontecimientos hay acuerdo: el juez Griesa ordenó el pago a los buitres, ¿se debe pagar o no?

Un segundo orden de la cuestión remite a consideraciones éticas. Para ilustrar este punto puede ser de ayuda una distinción grosera: si a grandes rasgos puede trazarse una frontera entre las formas del bien y del mal, entre el lado claro y el oscuro de la Fuerza, creo no cometer una simplificación imperdonable al afirmar que usted, lector, imputa las ideas de igualdad o justicia distributiva al sendero luminoso de la vida. En efecto, existen otras visiones del mundo que ponderan otros bienes supremos muy por encima de la equidad, como el respeto a la palabra empeñada, que hace del cumplimiento de los contratos una condición necesaria para la libertad. También se puede entender el enfrentamiento como una discusión sobre el orden de prelación entre derecho público (los Estados soberanos) y privado (los acreedores). La diatriba sobre el pago a los buitres se dirime en este terreno para quienes asumen posiciones cerriles. Los campos son claros. Nadie dudó, ni por una fracción de segundo, acerca de cuál sería el posicionamiento inmediato del Partido Obrero o del PRO ante el fallo de Griesa. Acaso pueda resultar de interés señalar que el kirchnerismo ha recurrido a argumentos de esta índole para sustentar el rechazo al  pago a los buitres: patria sí, colonia no. Nota maquiavélica para los irreductibles: la política se define en esa incómoda zona intermedia entre las convicciones propias y las ajenas. Es imposible ser exitoso a través de la imposición de mi postura sobre la del otro y es extremadamente difícil serlo mediante la explicación de mi verdad revelada ante los no convencidos. La política que no es represión ni berrinche, es el arte de encontrar en el otro los puntos que le permiten concordar conmigo, sin perder la identidad de mis convicciones. Conducir es persuadir.

Las consideraciones éticas sobre el debate son el fruto de un trabajo de orfebrería, de paciente esculpido de las ideas sobre la masa pétrea de nuestras voluntades brutas. Las visiones del bien y del mal están en constante cambio, pero las consecuencias observables se miden en décadas, no en meses. Hay climas de época que favorecen una u otra posición; de hecho, en situaciones similares a la que Argentina enfrenta hoy, Venezuela o Ecuador recientemente han tomado caminos muy diferentes a los que decidieron Grecia, España o incluso la Argentina de principios de Siglo XX. Pero ese debate de largo aliento revela, en nuestra circunstancia actual, una suerte de empate hegemónico entre dos posiciones éticas, entre los enanos fascistas y progresistas que habitan nuestro sentido común. Acaso sea éste un resultado concebible para un país signado por el antagonismo: entre los gobiernos populistas y los neoliberales, entre los anhelos de socialismo y la represión de las dictaduras.

Ante dos campos éticos equiparados en la producción de sentido colectivo, el fiel de la balanza es la arena práctica. Aquí y ahora, la disputa por los buitres se define por el pragmatismo, por las implicancias fácticas que el acuerdo tendrá, si será beneficioso o perjudicial para esa entelequia rectora del bien común. Los convencidos, los irreductibles éticos pueden esgrimir argumentos del orden pragmático para persuadir a los indecisos e incluso, si los ejecutan con maestría, pueden doblegar una fuerza ética opuesta para atraerla a una posición contraria a su idea del bien bajo el imperio de las evidencias palmarias. El kirchnerismo se anotó una victoria temprana (¿y pírrica?) con la claúsula RUFO. De ese argumento no dependía su posicionamiento, que obedece a convicciones más profundas; pero en su momento ha salido del paso airosamente al traer la cuestión sobre la mesa, que tuvo el éxito de amalgamar a los críticos del 1% más rico del mundo con los guardianes del enforcement contractual. No pagar era una forma de cumplir los acuerdos, más que de violarlos.

El cambio de los vientos electorales ha movido el amperímetro en la dirección contraria. El nuevo gobierno de la Alianza Cambiemos denuncia que la Argentina ha quedado aislada del mundo y ofrece las nuevas perspectivas de lo posible. El país puede encaminarse hacia el ajuste o la hiperinflación (es decir, el ajuste y la recisión o la recesión y el ajuste), a menos que haya una rendición incondicional ante los buitres que reestablezca el crédito internacional que se juzga necesario para estimular el desarrollo. Ahora desde la oposición, el kirchnerismo ha respondido con una crítica pragmática a esta beatífica y malintencionada opinión. Que históricamente el endeudamiento no ha servido para el desarrollo, sino para la fuga de capitales y el empobrecimiento de las mayorías; que el modelo de inserción internacional implicado en el pago a los buitres es el de un país reprimarizado, lo cual también contribuye al empobrecimiento de las mayorías; que el contexto internacional no ofrece condiciones excepcionales para el endeudamiento y la tasa de interés no bajaría sustancialmente después del acuerdo (en definitiva, que pagando se pierde más de lo que se gana) y todavía se escuchan, en manotazo de ahogado, ecos del anteriormente mortal argumento de la RUFO, que son recibidos como ladridos de perro que no muerde. Todas estas razones para rechazar el pago son, para el modesto juicio de este suscriptor, buenas razones. El problema es que han perdido peso frente al demoledor pragmatismo de las finanzas públicas. Con las cuentas provinciales en rojo, bajo el yugo de un esquema absurdo de coparticipación fiscal, seducidos por las promesas de fondos públicos, de obras o de endeudamiento internacional más barato, los gobernadores y su personal político legislativo nos conducen al pragmático sendero luminoso de la fiesta de los acreedores y, por qué no, de los deudores del Estado, que en gesto patriótico han consentido la estatización de su deuda y ahora esperan agazapados para reeditar un Lollapalooza de bonos y fuga de capitales.

La repetición de nombres en cada edición del festival de deuda trasluce esa indescifrable pasión argentina por el grotesco. El Grupo SOCMA – Macri fue beneficiado en 1982 por los seguros de cambio que Cavallo ideó desde el BCRA, los cuales engrosaron la deuda externa que luego el propio Cavallo hizo explotar en 2001, esta vez desde el Ministro de Economía, con el Megacanje, operación por la cual está procesado Sturzenegger, quien fuera viceministro de Cavallo y desde 2015 preside el BCRA, nombrado por  decreto del heredero del Grupo SOCMA – Macri.

[Una última digresión, por la que ruego se me disculpe, para interés de algún ecoñono extraviado en estas páginas. Sturzenegger y Cavallo no sólo han sacado chapa de policy makers, sino también de académicos reconocidos al nivel Ivy League, como PhD’ s y visiting profesor del MIT y Harvard, respectivamente. Hasta aquí se ha trazado una caprichosa separación de la práctica respecto a la teoría, aunque la separación no es tal. Tinbergen  (1956) ha mostrado que aquello que pensamos que va a ocurrir (lo que en la arena pragmática se enuncia como argumento) se sustenta en una concepción teórica del mundo (agentes, ecuaciones de comportamiento y ecuaciones de equilibrio). En la encrucijada argumental a la que ha nos llevado el macrismo, sobre si llegarán o no las inversiones luego del acuerdo, los defensores de la rendición sostienen que “los manuales de Economía I” indican que si baja el costo de financiamiento lo suficiente, las inversiones llegarán. La vulgata omite a Keynes, a veces por ignorancia, a veces por malicia: los animal spirits son inescrutables, el futuro es incierto. Las soberbias afirmaciones sobre los beneficios del acuerdo bien podrían ser testimonio de San Juan Bautista, el último profeta antes de la Era Común: “No puede el hombre recibir algo, si no le fuera dado del cielo”. En definitiva, no hay saber teórico que conduzca a una posición política aséptica, afirmada sobre razones de estricta índole técnica. Detrás de la elección teórica de las metodologías de evaluación y en las probabilidades que asignamos a un mundo futuro se esconde el fantasma de nuestras posiciones éticas].

En síntesis, ¿qué se dijo sobre los buitres que no se haya dicho ya? Prácticamente nada. Lo novedoso podría ser el llamado de atención sobre la contundencia de las posiciones, que no admiten medias tintas ni neutralidades. Se está a favor o en contra del pago a los buitres, por las razones éticas, prácticas y teóricas que sean, sobre la periodización de los acontecimientos que convenga. El alineamiento de tantas trayectorias argumentativas de orígenes variados, bajo dos bandos opuestos, revela la centralidad insoslayable de la discusión. El acuerdo con los buitres es uno de esos escasos puntos de inflexión en la historia económica, el lugar en el que se bifurca el recorrido de navegación y se debe optar por continuar por el camino ya transcurrido o tomar un curso efluente, inexplorado. Acaso para darnos fuerza ante el terror de lo desconocido, en las semanas en que el Congreso debe resolver la cuestión, la agenda mediática nos retrotrae a paisajes más familiares como la corrupción de Lázaro Báez o el divorcio de Pampita.

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